Escrito por Tiestes en la categoría Tiestes el Viernes 1 ene, 2010
Mi madre es una hermosa mujer de cuarenta años escasos, es alta, con unas largas piernas, hermosos pechos una melena imponente y unas caderas que con cuerdas sonarían celestialmente.
Todas las mujeres de mi familia son así, mis hermanas jóvenes aun, apuntan a ese tipo de mujer pero sin duda todas heredan de mi abuela ese porte.
Yo , vivo más en casa de mi abuela que con mis padres. Mi abuela es viuda desde los treinta años y jamás se le conoció ninguna pareja. Mi madre cuenta que estaba muy unida a su esposo y que ella de niña, les oí muchas noches con una tremenda fiesta.
Mi abuela se casó muy jovencita, tenía diecisiete años cuando nació mi madre y en la actualidad tiene cincuenta y seis. Es una persona, culta, elegante y aun muy guapa. Me llama la atención comprobar cuando voy con ella, como los hombres aun muy jóvenes vuelven la vista cuando ella pasa. Yo siempre pienso que con su cuerpo y su forma de caminar va como pidiendo guerra.
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Escrito por Tiestes en la categoría Tiestes el Miércoles 9 dic, 2009
Mi esposa tiene un hermano que es un cretino, casi todos tenemos en la familia uno , es como “La cena de los idiotas” siempre cuando una familia se reúne, tiene un listo, un rico, un pobre, un culto, una cachonda y un idiota. Pues bien en mi familia el idiota es mi cuñado y la cachondisima su mujer, que como la mayoría de las cachondas eligió al más bobo del pueblo.
Para mí cada día era más insoportable su presencia pero se hacía más cuando miraba a su mujer , parecía estar siempre pidiendo guerra, era una mujer alta, de unos 45 años, estaba redonda, pero no le faltaban curvas y algunas eran como muy pronunciadas, siempre con sus vestidos ajustados que marcaban su cuerpo y ese caminar que parecía un batir de aletas continuo. Sus ojos.. ¡No, ahora no me toca hablar de sus ojos! Sus tetas eran una despensa de confituras aromáticas, con tal abundancia que se salían del estante y que nadie piense que se las encorsetaba, cuando se ponía en traje de baño, seguían allí firmes y apuntando amenazantes como un Mihura. Brazos y piernas bien torneados y unas manos que derraman deseo. Sus labios eran la fotografía de un sueño de sexo femenino y al verlos uno no podía pensar en otra cosa que no fuera lo que debía ser su chocho.
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