Cada día mis deseos, la necesidad de mi padre era mayor, a todas horas me acariciaba pensando en nuestros momentos. Cuando llegaba a casa mis besos eran más que tiernos pero no teníamos un momento para nosotros.
Era verano y continuaba de vacaciones, mama, pretendía que fuéramos a pasar unos días a la playa, para mí, era una catástrofe, no podía estar tantos días sin verlo, sin notar sus brazos rodeándome o sus caricias escondidas. No había solución, tenía que irme y la idea no me gustaba, pensé en ponerme enferma pero no serviría de nada, mama no se iría sin mí. Por fín llegó el día de partir y nos fuimos en el coche de mi madre.
Cada día mi padre cuando llamaba quería hablar conmigo y disimuladamente me decía cosas muy picantes que cada vez me ponían más a cien. Papa me dijo que vendría a buscarme, para comprar los libros y todo el material escolar. Vendría el viernes para ir el sábado de compras y el domingo regresaría a la playa con mama.
No me lo podía creer, iba a pasar dos noches enteras con mi papaíto, los dos solos en el piso ¿ocurriría? Llevaba mucho tiempo pensando en ese momento, soñaba con entregarle mi sexo a mi padre, tenía un poco de miedo, alguna de mis amigas me había dicho que dolía pero nada podía dolerme, lo deseaba tanto que no podía dejar de pensar en ello.
El viernes apareció mi padre, los vi retirarse a la habitación de mama y por primera vez sentí celos, muchos celos, se la estaría follando, pensaba que todo ese deseo tenía que ser para mí, pero me conformé. No tardaron mucho en salir y vi cierta tensión entre ellos como si hubieran discutido. Sin querer, me alegré, pensé en que el no había querido hacer nada con ella, que me esperaba, que deseaba mis caricias y eso me hizo sentir muy bien.
Apenas tenía que hacer maleta ya que en casa tenía de todo y volveríamos el domingo, en un bolso de playa puse las cosas imprescindibles y ya anochecía cuando salimos. Cuando llegamos a la ciudad, papa llamó a Ana su secretaría y la invitó a cenar con nosotros en un restaurante precioso en el centro. Ana era guapísima, la secretaria de papa me parecía ser algo más que su secretaria pero los dos guardaron las formas. Ana tendría unos veinticinco años, y un cuerpo de esos de película. Era muy dulce y muy simpática conmigo, yo no podía verla como mi rival ya que era un encanto y me parecía la mujer ideal para papa.
Después de una buena sobremesa donde hablaron del trabajo y algo de mí, de mi cuerpo, mi belleza o mi simpatía, Ana se fue y papa y yo fuimos para casa. Nada más llegar, le dije que me iba a dar una ducha, que todo el día con calor me hacía estar incómoda. Me metí en la ducha con una braguita y un pijama corto que yo sabía que era muy sexy.
Cuando salí, fui corriendo al sofá y me recosté como siempre que podía en las piernas de mi papa. Él me quedo mirando sorprendido, parecía que yo había dado un estirón o había quitado más cuerpo ya que el pijama me quedaba más ceñido y mi pecho parecía a punto de explotar.
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