Sexo con mi hija (Por Germán)

Escrito por admin el Miércoles 13 ene, 2010

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Tengo 42 años, mi nombre es Germán y soy “padre soltero” lo cual significa que mi mujer me dejó con mi hija cuando ésta tenía 4 años y se fugó con un corredor de seguros que le prometía una vida sin responsabilidades que ella quería.

La carta de despedida decía eso mismo, que ya no podía más con el peso de un matrimonio y la responsabilidad de la maternidad y que la perdonáramos ¿Qué la perdonáramos?, me dejó solo con María, con un trabajo absorbente que me ocupaba la mayor parte de mi tiempo, precisamente para darle a ella comodidades, y con el trabajo añadido de padre a jornada completa, no creo que pueda perdonar que se marchara.

La cuestión es que me negué a dejar a Marieta, como la llamamos cariñosamente en casa, en manos de nadie salvo las mías, y yo mismo, crié y cuide a mi pequeña que hoy tiene 17 espléndidos años y es toda una mujer.

Siempre la traté con mimo, ella me hacia confidencias muy personales (más incluso de las que yo quería saber), a medida que fue creciendo ella tomó como suyas las responsabilidades de la casa que no hacia la asistenta o que eran necesarias entre visita y visita de ella para tener “nuestro hogar” siempre impecable. Mi niña se había convertido en toda una mujer.

Acostumbraba, cuando era niña, a ducharla o bañarla conmigo, tanto por economía de tiempo como porque era un momento de juegos para la pequeña, sin embargo, un día me sorprendí, mientras la enjabonaba, sintiendo cierto deseo hacia su cuerpo joven y me asusté, me asusté realmente de estar teniendo esos pensamientos y decidí que era el momento de cortar esos baños, ella era ya una preadolescente y eso no podía seguir así.

El recuerdo de ese día me atormentó durante años, Marieta era cariñosa y atenta y en parte, tenía un comportamiento que, ahora con el paso de los años, resultaba impropio, pero yo había alentado durante años ese comportamiento cariñoso y ahora no sabía cómo frenarlo, lo malo es que a mí, lo que antes eran muestras de cariño, ahora se me antojaban incitaciones sexuales por su parte, y ya me estaba volviendo loco pensando que me convertía en un enfermo día a día por no dejar de pensar sexualmente en el cuerpo de mi hija y pensar, además, que ella me estaba alentando.

Tenía mi vida sexual, amigas, ligues, que generalmente mantenía fuera de casa salvo que la relación fuera un poco adelante, algunas de mis “amigas” durmieron en casa, María lo aceptaba y trataba a mi amigas con consideración y respeto, quiero decir que mi vida sexual era activa y no tenia carencias en ese sentido entonces ¿qué hacia pensando en mantener relaciones sexuales con mi propia hija?, pensé incluso en ir al psicólogo, pero Marieta era menor de edad ¿y si me quitaban la custodia?.

Ella parecía no darse cuenta de nada, se subía a mis piernas, me abrazaba, me besaba, iba por la casa con pantaloncitos cortos, o recién levantada con el pijama y sin sujetador y yo había días que no podía más y tenía que hacerme una paja pensando en las tetas o en el culo de mi hija de 17 años.

Aquel domingo fue el detonante de todo, ella había venido tarde de fiesta la noche anterior, ya cuando salió me dejó enfermo de deseo, con unos pantalones ajustados de color negro y una camiseta entallada que dejaba ver sus formas en toda su rotundidad, maquillada suavemente, peinada de manera informal, verla así se me hacia el culmen del deseo, se despidió con un ligero beso en los labios, una costumbre que adquirió de niña y que yo ese día maldije no habérsela quitado, porque ese leve beso de hija a padre a mi me pareció un claro “piquito” de amantes.

Por la mañana, estaba desayunando había preparado desayuno para los dos, ella se levantó y se sentó a la mesa de la cocina conmigo, venia aun en pijama, un pijama corto de pantaloncito y camiseta, los pezones se le transparentaban claramente debajo de la tela, con su edad, la verdad es que tenía mucho pecho ya (su mayor complejo y, sinceramente, a mi me volvían loco), cuando se puso de espaldas a mí para coger una cuchara del cajón, pude ver claramente que no llevaba braguitas, si no tanga, cuando se inclinó para abrir el armario y coger las servilletas, la tela del pijama se tensó sobre su culito respingón, yo ya no sabía ni qué hacer, me estaba poniendo cachondo y muy cachondo.

Desayunamos, me contaba no se qué sobre la otra noche, yo ni le hacía caso, solo quería irme de allí, irme al baño a pajearme sin que ella lo notara, ella me miraba, no paraba de mirarme, a medio desayunar dije que me iba a la ducha y me marché.

Me fui al baño y me desnudé para darme una ducha, estaba empalmadisimo, me metí debajo del agua y empecé a enjabonarme con intención de masturbarme ayudándome con el jabón y, de pronto, se abrió la puerta y allí estaba ella, mi hija, mirándome.

Al principio yo solo la vi mirarme, solo pensaba en cómo estaba viendo a su padre, desnudo y con la polla enjabonada en la mano a punto de hacerse una paja, no vi nada más, hasta que entró del todo y vi que estaba completamente desnuda.

- Hola papi, vengo a ducharme contigo, hace mucho que no nos duchamos juntos y aun me acuerdo de lo divertido que era.

Yo no podía ni articular palabra, se metió conmigo en la ducha, primero de espaldas a mí, para mojarse con el agua, y mi polla rozó sus nalgas, lo cual hizo que me recorriera un escalofrío de deseo por todo el cuerpo.

- María, creo que deberías salir de aquí ahora mismo –aún conseguí balbucear lo que creía que debía decir-
- He venido a ayudarte con la ducha, como tú me duchabas a mi cuando yo era pequeña

Se volvió y se puso frente a mí, pude verla en todo su esplendor, con sus tetas redondas, demasiado grandes aun para su figura, su piel tersa, el delicado pubis depilado a la brasileña, esos pezones rosados que ahora apuntaban al frente, desafiantes, yo no podía dejar de mirarla mientras ella se enjabonaba las manos y empezaba a enjabonarme a mí el pecho.

Estábamos separados únicamente por el espacio que dejaba mi polla tiesa entre ambos, ella bajaba sus manos por mi espalda, a mi culo, jugando con el jabón, yo tenía que parar eso, pero era obvio que me gustaba, que lo deseaba, aunque no sabía por qué ni cómo estaba sucediendo.

De repente, mi hija llegó con su mano enjabonada a mi polla y empezó a masturbarme.

- María, hija, esto no está bien…
- Yo creo que sí, llevo meses deseando esto, meses haciéndote ver que me muero por tocarte y ahora lo tengo, y si tú no lo desearas ya me habrías echado de aquí.

Jadeé ¿qué podía responder a eso?, yo lo deseaba y ella lo sabía, ella lo había sabido todo el tiempo, al menos yo no estaba loco y la realidad era que mi hija de 17 años llevaba meses, o quizá años, intentando seducirme.

Y me dejé llevar, me dejé llevar por el placer de tener por fin lo que llevaba queriendo tener hacia tanto tiempo, no tenía mucha experiencia en el sexo, pero resultaba evidente que ya no era virgen, la dejé aun unos momentos más pajeándome y después la puse de espaldas a mí para comenzar a acariciarla, mi verga erecta quedó aprisionada entre los cachetes de su culito, y cuando ella se movía, llevada por el placer de mis caricias, me hacia la paja mas deliciosa que jamás me hubieran hecho.

Estuvimos un rato bajo el agua, acariciándonos, y después nos fuimos a mi dormitorio, ella quería dárselas de experimentada, y comenzó una tierna mamada que, en sí, aun le faltaba mucho por aprender, pero que sentir los dulces labios de mi hija rodeando mi polla y ver su carita comiéndome el pito e intentando tragárselo todo, casi me hace correrme sin más.

Perdonadme si no ahondo mucho en cómo fueron esos momentos, ya que es algo que pertenece a nuestra intimidad y, aunque deseo compartir con otras personas que vivan como yo, mi experiencia, hay momentos muy íntimos que prefiero no contar.

Disfrutamos de una larguísima sesión de sexo, yo dudaba si penetrarla o no, aunque ya me dolían los huevos de mantener tanto tiempo la erección, mi idea era ir a correrme haciéndome una paja después de complacerla a ella, pero mi dulce niña se echó de espaldas, abriéndose de piernas y enseñándome su dulce chochito, para que se la metiera.

- ¡Fóllame! –me dijo-.

Fui a coger un condón de la mesilla, pero ella me agarró y me dijo muy bajito que tomaba anticonceptivos. E incluso se sonrojó, pero yo no esperé más invitación que esa, porque realmente lo necesitaba ya. Cuando metí la polla en el delicado coño de mi hijita fue como tocar el cielo, apenas empujé dos veces y me corrí, me corrí como un adolescente en su primera vez sin poder evitarlo y con una violencia que me dejó extenuado.

Cuando me separé me sentí fatal, me había corrido sin más, bajé hacia abajo, entre sus piernas, y me puse a comerle el coño, estaba manchado de mi semen y en mis caricias con la lengua incluso probé su sabor, pero no me importó, quería hacer que se corriera, no dejarla a medias, y me apliqué todo lo que pude, recorriendo los labios de su chocho, su clítoris, metiendo la lengua dentro hasta que se corrió, se corrió en mi cara, en mi boca, apretándome la cara con sus muslos, se corrió gimiendo y gritando, y yo probé el dulce sabor de los jugos del coño de mi hija mezclado con el sabor de mi semen.

La cosa no acabó aquí, obviamente ha sido el comienzo de algo más, no voy a entrar en detalles, somos padre e hija y amantes, llevamos nuestra relación con discreción, ella hace su vida y yo sé que esto se acabará pero, mientras tanto, ambos estamos conformes y vamos a disfrutar de ello.

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