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	<title>Puro incesto</title>
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	<description>Historias de sexo entre familiares</description>
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		<title>SUEÑOS III</title>
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		<pubDate>Fri, 18 May 2012 14:55:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[—ELLA— Desperté sonriendo. Había sido demasiado real para ser un sueño. Casi me resultó decepcionante deslizar la mano debajo del pantalón del pijama y encontrarme con mis bragas, sin asomo de ningún bulto que delatase un pene hinchado unido a sus testículos. Me llevé las manos a los pechos y, en efecto, allí estaban. O [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—ELLA—<br />
Desperté sonriendo.<br />
Había sido demasiado real para ser un sueño. Casi me resultó decepcionante deslizar la mano debajo del pantalón del pijama y encontrarme con mis bragas, sin asomo de ningún bulto que delatase un pene hinchado unido a sus testículos. Me llevé las manos a los pechos y, en efecto, allí estaban. O seguían estando. Continuaba sonriendo.<br />
A diferencia del hombre con el que había soñado ser, yo sí tenía realmente ganas de orinar. Aunque sospechaba que, tras palparme las bragas en busca de un pene invisible, la mancha húmeda que tenía en la entrepierna no correspondía con unas gotas de pis incontenidas. Cuando fui hasta el cuarto de baño y me senté en la taza del inodoro, dejé que el pis discurriera con libertad y me quité las bragas mientras tanto. Al tocar el forro interior de la prenda, en la parte húmeda que correspondía a mi sexo, confirmé con una sonrisa que no era pis, sino las lubricaciones propias de una excitación sexual.<br />
Eché las bragas al cesto de la ropa sucia y me miré en el espejo. No tenía el pelo rubio, ni tan siquiera rizado como la mujer de mi sueño, la mujer que me follaba. El perfil de mi cara seguía siendo redondeado y el cabello castaño. Enrollé un mechón entre los dedos para imaginar cómo luciría mi pelo estando rizado pero lo descarté de inmediato, un cabello rizado solo añadiría volumen, engordando el ya de por sí aspecto de mi rostro. De lo que sí estaba segura es que los labios eran muy parecidos. Tampoco me los pintaría de rojo intenso, claro, pero el labio inferior estimaba que era del mismo grosor.<br />
Lo que sí echaba de menos era el pene. Me bajé los pantalones y miré desde arriba el bulto velludo que sobresalía de mi pelvis, más allá del montículo del vientre. Se vislumbraban, apartando un poco los mechones púbicos, los labios mayores. El resto era completamente inaccesible a la vista. Si me miraba al espejo tenía una vista algo más generosa, claro, pero la vista habitual, sin auxilio de un reflejo, no proporcionaba demasiada información sobre mi sexo. En cambio, con un pene todo era diferente. Resultó curioso pensar que durante todo el sueño no pudiera ver mi pene en un estado fláccido. Supongo que es el estado habitual que tiene, no creo que los hombres vayan por ahí la mayor parte del día con el aparato armado, no sería cómodo. Y tener el pene erecto, como había podido comprobar, te sometía la voluntad. Era desconcertante el tener pegado a tu pelvis un bicho el cual, al estar erecto, dirigiese tus pensamientos en un único destino: sexo y solo sexo. No es que ahora comprendiese mejor a los hombres cuando les decimos que piensan con la polla, pobres. Es que no tienen otro remedio. Cuando tienen a su amiguita empalmada, se les nubla la razón, la poca que tienen, y solo pueden pensar en una cosa. ¿Qué razón habría para que el hombre del sueño, aquel en el que me transmuté, despertase a la chica que dormía con él para follar? Creo que la razón provenía del glande, de las hormonas liberadas al sacudirse la picha. En ese momento, solo se piensan en una cosa. Estás concentrado, sí, casi paranoico. Tienes que follar, esparcir tu simiente en el coño que más a mano tengas. Y si está dispuesto a recibir tu pene, tanto mejor. Y si no hay coño, pues te masturbas.<br />
Un revoloteo procedente del salón me sacó de mis pensamientos. Me subí los pantalones y me acerqué hasta el salón. Al ver el reloj del pasillo me di cuenta que eran las siete y media, poco tiempo faltaba para que sonase el despertador y tuviese que seguir mi rutina diaria. Pero antes, subí la persiana del salón y me acerqué hasta el soporte en forma de arco donde colgaba en un extremo la jaula. En el interior de ella, Robin, mi periquito de dos años, se desperezó removiendo el plumaje y bostezando. Chasqueé la lengua varias veces, emitiendo unos ruidos que mi mascota entendió a la primera, respondiendo con un paseo lateral sobre la barra horizontal en la que estaba posado. Lo azucé introduciendo la punta del dedo en un barrote y acudió contento ha pellizcarme la yema y después se rascó la cabeza con el borde de la uña.<br />
—Tampoco hoy te puedo soltar, cariño —murmuré dejando que se frotara la parte trasera de la cabeza contra la uña.<br />
Robin no me entendió, claro, pero emitió un arrullo quedo que parecía una respuesta a unas palabras de mimo. Comprobé que tuviese el agua limpia y suficiente alpiste para el día de hoy y me encaminé hacia la ducha.<br />
<span id="more-705"></span><br />
Me desvestí doblando con pulcritud el pijama y dejándolo sobre la cisterna del inodoro para luego meterme en la ducha y cerrar la mampara detrás de mí. Abrí el grifo y giré el monomando hacia el agua caliente esperando paciente a que el agua saliese templada para poder colgar la alcachofa en el soporte que tenía encima de la cabeza. Cuando, tras un minuto, comprobé que el agua seguía saliendo helada, suspiré con fastidio y cerré el grifo para encaminarme hasta la cocina. Embutí los pies mojados en las pantuflas y caminé desnuda hasta la caldera donde miré ceñuda la luz roja que parpadeaba en el cuadro de mandos. Indicaba que el aparato estaba bloqueado. Era frustrante que una caldera que había funcionado bien durante dos años ahora se negase a trabajar. Tres técnicos habían intentado hacerla entrar en razón, pero ninguno de ellos parecía haberlo conseguido, a juzgar por el estado en que se encontraba ahora. Pulse el botón diminuto situado bajo el panel de mandos y la luz roja se apagó. Probé con el grifo de la cocina y, tras unos segundos de agonía, la caldera comenzó a funcionar. Volví hasta el cuarto de baño sintiendo y oyendo el chapoteo de mis pies mojados en el interior de las pantuflas y, tras cerrar la mampara tras de mí por segunda vez, volví a solicitar agua caliente. Esta vez sí hubo suerte, porque en otras ocasiones había tenido que volver a la cocina, cabreada, y volver a desbloquear la caldera y reintentar la petición de agua caliente. Quizá fuese hora de llamar a otro técnico para que mirase la dichosa caldera. Mientras me aplicaba el jabón en el pelo me pareció oír a lo lejos, entre el atronador ruido del agua de la ducha, un sonido que me recordó algo. Hasta pasados unos segundos no caí en la cuenta que era el despertador del dormitorio. Tuve que reprimir las ganas de chillar de rabia, pero, empapada y con el pelo cubierto de jabón, cerré el grifo, me cubrí con una toalla como pude y corrí hasta el dormitorio para apagar el maldito aparato cuya fiabilidad desdeñaba a la de la caldera. Para cuando volví a dejar que el agua que surgía de la alcachofa me cubriese de nuevo, ya estaba templada, lejos de la calidez que antes me envolvía.<br />
—Joder —mascullé cuando, tras unos segundos, el agua no se caldeó hasta volver a la temperatura que antes tenía. La caldera se había bloqueado de nuevo.<br />
Tras la ingrata tarea de ducharme, embutida en un albornoz, desayuné el café con leche de cada día y luego me sequé el pelo con el secador. Me quedaba media hora escasa para salir de casa e ir al trabajo. Y en esa media hora debía peinarme, vestirme, maquillarme, sacar algo de comida del congelador para la cena, hacer la cama y barrer un poco, al menos la comida y los desperdicios de Robin, alrededor de su jaula.<br />
Al final solo pude, como casi todos los días, peinarme y maquillarme. Y bastante mal, por cierto. De donde no hay tiempo no se puede sacar. Trabajo como teleoperadora para una empresa contratada por una operadora de telefonía móvil. Para llegar al trabajo debo coger el autobús del parque tecnológico de la empresa donde estoy subcontratada, que está al lado de un pueblo cercano. Y el autobús sale a la hora que sale, sin esperar por nadie. Más de una vez he tenido que pagar un taxi para llegar a mi hora porque había perdido el autobús, y esos días, la mitad del sueldo se me va en la carrera. Es por ello que procuro, por mi bien, estar a la hora, esté como esté la casa. Al fin y al cabo, cuando vuelva, tiempo tendré de recogerla.<br />
Mi recorrido hasta la parada del autobús, en la plaza de Zorrilla, suele incluir callejas más o menos oscuras, según la época del año, y cuando llego a la plaza España, sigo recto por la calle Panaderos, que casi siempre está en obras y hay que andar con pies de plomo para no tropezar con las planchas de acero que cubren las zanjas abiertas en las aceras, además de cuidar los tacones de los zapatos en los charcos de arena húmeda que suelen quedar diseminados a traición. Muchos de esos cercos de arena suelen enmascarar un adoquín suelto o recién colocado. O la falta de adoquín. Eso siempre garantiza un traspié, en el mejor de los casos. En el peor, doy con el culo en la acera y la caída suele acarrear el despellejamiento de una rodilla, un feo moratón en un muslo o una torcedura de tobillo. Todo ello incluye el llegar tarde a la parada, por supuesto. De modo que, desde hace varios meses, suelo salir con cinco minutos de adelanto. Tardo, de media, unos treinta minutos  en llegar a la parada, llegando el autobús a las ocho y media. Pues salgo de casa a las siete y cincuenta. Siete y cincuenta y cinco si me retraso.<br />
Hoy he terminado saliendo de casa a las siete y cincuenta, por lo que puedo permitirme el lujo de tropezar o detenerme tras las rejas de un escaparate a mirar de reojo unos zapatos nuevos o un abrigo. Pero llego hasta la parada del autobús sin detenerme ni estamparme en el suelo. El autobús suele llegar a las ocho y veinte. Ya hay bastante gente esperando en la parada. No todos van al trabajo porque hay varios autobuses con destinos diferentes. Hay uno que te lleva hasta el parque tecnológico, otro que te lleva al pueblo que hay lado, Boecillo, y un tercero que hace un recorrido más largo, deteniéndose en los pueblos que hay entre Valladolid y Boecillo. El nuestro es siempre el primero porque es el que tiene más prisa por llegar, al fin y al cabo, de nuestra llegada a la hora prevista dependen bastantes sueldos.<br />
Cuando me meto en internet y consulto las noticias recientes suelo encontrarme con mucha discriminación e ignorancia respecto a nuestra profesión. Un teleoperador no solo es alguien que te llama la hora menos prevista para ofrecerte un producto del que no tienes la menor intención de contratar o, incluso, de prestar atención sobre de qué se trata.<br />
“Buenos días, acabamos de mejorar la cobertura de internet en su domicilio. Un agente especializado le informará sobre las ventajas de nuestro servicio”, y después, tras unos segundos, hablo yo. O también: “Buenos días (o buenas tardes, la máquina interactiva cambia el saludo a partir de las doce del mediodía), un asesor le informará sobre las ofertas que tenemos disponibles para usted”, y luego, también, entro yo. Esto es una venta en frío, porque el cliente no suele tener la más mínima intención de escucharte ni de atenderte. Hay que tener bastante estómago para tragar los insultos que te escupen. También hay ventas en caliente, cuando es el cliente quien ha demandado información, indicando que de tal a cual hora podemos llamar para informarle sobre tal producto o servicio. La mayoría de las veces tienen prisa por conocer la oferta, como si el momento elegido para ponerse en contacto con él hubiese sido el peor posible.<br />
—Quizá —muchas veces he tenido ganas de soltarles—, debería haber indicado que podemos llamarle entre las diez y las diez y media, pero no a las diez y veintiún minutos, porque estará ocupado.<br />
Solemos ser, la mayoría, mujeres. Hay pocos hombres porque se supone que nuestra voz es más cálida y fácil de digerir, mientras que la suya, aunque suene más creíble (discriminación, ya se sabe), es seca y átona.<br />
No solemos llenar el autobús porque a diferencia de mí, este trabajo no es el principal en el núcleo familiar (como se suele llamar), más bien es un trabajo de segundo nivel. Es por ello que la mayoría van al trabajo en su coche, un artículo de lujo que solo puede asumirse si el núcleo tiene otro trabajo, más profesional, donde el sueldo sea, al menos, generoso. Porque nuestra nómina, ella sola, no sirve para pagar una hipoteca, un crédito personal, un coche (con sus gastos propios), un hijo o varios, las comidas, el gasto familiar y los caprichos. En mi caso, sí; incluso puedo permitirme el lujo de la compra de unos zapatos bonitos al año. Pero es debido a que he renunciado a un coche, unos caprichos. No tengo pareja ni hijos, pero, a cambio, tengo un alquiler que puedo asumir. En cuanto a las comidas…, bueno, mis padres, que viven en otro barrio de la ciudad, a diez minutos en autobús urbano, me ayudan bastante.<br />
Raquel, una amiga del trabajo, suele esperarme en la parada y, aunque los demás suban al autobús, ella espera hasta que llego o se va el autobús. Alguna vez hemos salido de copas los fines de semana, pero como se casó hace un año y ahora está embarazada de cinco meses, nuestras escapadas han sido interrumpidas de una forma bastante abrupta. Me lo contó un día como quien no quiere la cosa.<br />
—¿Quedamos para salir este fin de semana, tú y yo, a ver qué nos encontramos?<br />
—No puedo, Susana, estoy embarazada.<br />
Me quedé paralizada durante unos segundos mientras nos sonreíamos mutuamente.<br />
—No jodas —acerté a decir. No se me ocurrió nada mejor. La verdad es que alguna vez me había hablado sobre la idea de tener hijos, pero no pensé que fuese a ser tan rápido, hacía pocos meses que se habían casado.<br />
—Hubo algo de eso, claro. De joder, quiero decir.<br />
—Bueno, pues enhorabuena, claro, ¿de cuánto estás?<br />
—Dos meses, creo.<br />
—¿Dos meses crees?<br />
—Tengo unos cuantos días probables, pero estoy en un rango de entre siete y ocho semanas.<br />
Yo hacía casi un año que no echaba un polvo desde esa conversación. Ahora será más tiempo. Si contamos las masturbaciones, los números se agigantan. En esto del sexo hay bastantes discrepancias en cuanto a lo que es echar un polvo y masturbarte para saber si cuentan ambos como sesiones de sexo. Alguna vez, con Raquel, mantuvimos una discusión en un bar motivada por las ganas que ella tenía de que Joaquín, por aquel entonces su novio, hiciese realidad una fantasía erótica que ella siempre había deseado. Quería que, al levantarse, se encontrase a Joaquín haciéndola unos huevos fritos para el desayuno, con su beicon y zumo de naranja, vestido con un delantal como único atuendo y con la polla en ristre. A lo mejor, pensé entonces mientras íbamos al trabajo, hace siete u ocho semanas se cumplió su deseo. En el bar, después de describirme con muchos detalles el delantal con el cual quería vestir a Joaquín, la confesé que hacía varios meses que no echaba un polvo. Varios meses que ya se habían convertido en casi un año.<br />
—Pero me masturbo frecuentemente —añadí como atenuante mientras apuraba el vaso de vodka con limón.<br />
—Eso no es echar un polvo, no cuenta.<br />
—¿Cuándo te quedas más a gusto, cuándo te lo haces tú o cuanto te lo hacen?<br />
—¿Hablas de sexo o de comida?<br />
—De ambos temas —respondí mientras pedía al camarero que me sirviese otro combinado.<br />
—No es lo mismo, Susana, no compares la comida que te haces en casa con la que te ponen en un buen restaurante.<br />
—Habría, en ese caso, que seleccionar muy bien el restaurante a dónde vas a comer porque no todos te van a servir la comida a tu gusto. Es más, si tuvieses los mismos ingredientes que en tu casa, la comida te sabría mejor. Te la has hecho tú misma y eso tiene un mérito doble.<br />
—Pero nunca vas a poder sustituir un buen restaurante con sus camareros, su limpieza y la presentación.<br />
—Te ahorras un buen dinero, merece la pena.<br />
—O sea —murmuró Raquel, inclinándose hacia mí —, que prefieres una buena paja a un mal polvo, ¿no?<br />
—Incluso con un buen polvo puede darse el caso que no disfrutes tanto como con una mala paja, tú conoces mejor que nadie a tu coño para saber qué es lo que necesita.<br />
—Eres una marrana, Susana, hablas como los tíos.<br />
—Porque me gusta su forma de pensar. En pocos casos, claro, no dan para mucho. Quizá solo para éste.<br />
Nos miramos unos instantes con cara seria para terminar sonriendo y luego riendo tanto que se me escapó el vodca que tenía en la boca por entre los labios.<br />
Esa noche acabamos tan ebrias que teníamos que apoyarnos la una en la otra para poder caminar.<br />
—No puedo volver así a casa, Susi, déjame dormir en la tuya. Como Joaquín me vea en este estado me echa una bronca monumental.<br />
Susana me mostró el mensaje de texto que acaba de enviar a su novio para decirle que hoy se quedaba conmigo a dormir y no pude decirla ya que no. Tampoco lo hubiese hecho.<br />
Fuimos a mi casa y nos tumbamos en el sofá, una a cada lado, con varios cojines bajo la cabeza y otros tantos en nuestras barrigas. Nos movíamos como chinches y reíamos como chiquillas contándonos lo primero que se nos venía a la cabeza.<br />
—El trabajo es una mierda. Se habla de despidos después del verano —dijo entre risas.<br />
—Se habla mucho, Raquel, pero luego se hace poco. ¿Cuánto tiempo hace que estamos en la empresa?<br />
—No sé, siete u ocho años, creo.<br />
—Y en todos ellos, antes de que termine el verano, se oyen cosas así.<br />
—Pero este año es diferente, Susi, este año es diferente. ¿Quieres follar?<br />
Estábamos envueltas en la penumbra de la noche que se adueñaba del salón a través de la persiana entornada. La cara de mi amiga estaba oculta por los cojines que había sobre nuestros vientres y no pude comprobar si hablaba en serio o no.<br />
—¿Por qué? —pregunté sonriendo.<br />
—Porque hace mucho que no follas, me dijiste. Y porque tienes unas tetas muy bonitas.<br />
—¿Y Joaquín?<br />
—Nos vamos a casar en unos meses, ¿qué más da si me follo a una amiga antes de la boda? Además, entre mujeres el polvo no cuenta como infidelidad.<br />
—Lo dirás tú.<br />
—Lo digo yo, Susi. ¿Quieres follar o no?<br />
—Claro que no, Raquel, estás muy borracha. Mañana no te acordarás de nada.<br />
—Pues mejor, ¿no?<br />
—Pues no —repetí—. Buenas noches.<br />
Me levanté y le tiré una manta encima mientras me iba a la cama.<br />
—¿Puedo dormir contigo? —preguntó bajo la manta.<br />
—Vale —dije, tras dudar unos instantes.<br />
No recuerdo nada de aquella noche. Quizás retozásemos como becerras bajo las sábanas. Por desgracia, no lo sé. Y, a la mañana siguiente, tras despertarnos el móvil de ella porque Joaquín se preocupaba por no saber aún nada de su novia, la pregunté qué habíamos hecho durante la noche.<br />
—Nada, solo dormir —me respondió echándose las sábanas por encima de la cabeza—. Bueno, no me acuerdo, a lo mejor follamos, yo qué sé, me duele mucho la cabeza.<br />
De modo que, a día de hoy, no sé si ya me he acostado con una mujer o no. Ante la duda, y si es para convencerme que ha transcurrido poco tiempo desde el último polvo, decido que sí, que Raquel y yo esa noche hicimos cosas guarras.</p><p style="float: right;margin: 4px;"><!-- Inicio código JUGUETESPARADULTOS.com -->
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		<title>SUEÑOS II</title>
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		<pubDate>Mon, 14 May 2012 14:53:59 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[—ÉL— Estaba oscuro. Pero estaba oscuro porque yo quise que todo estuviese oscuro a mi alrededor. Si cerraba los párpados conseguía una oscuridad casi total, pero una débil luminosidad, filtrada a través de la membrana de los párpados, salpicaba de luces multicolores mi campo visual cuando me frotaba los párpados alrededor de los ojos y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—ÉL—<br />
Estaba oscuro. Pero estaba oscuro porque yo quise que todo estuviese oscuro a mi alrededor. Si cerraba los párpados conseguía una oscuridad casi total, pero una débil luminosidad, filtrada a través de la membrana de los párpados, salpicaba de luces multicolores mi campo visual cuando me frotaba los párpados alrededor de los ojos y sobre ellos.<br />
Había veces, incluso, que no necesitaba de ningún frotamiento: veía las luces multicolores sin necesidad de darme un masaje ocular porque la migraña era tan intensa que parecía nacer enraizada en lo profundo del cerebro, extendiéndose hacia la periferia. Solía tomar dos direcciones, la nuca y los ojos. Cuando el cuello era el objetivo se agarrotaban los músculos alrededor de los huesos cervicales impidiendo que pudiese siquiera girar la cabeza para saber quién había entrado en el local. Si las raíces tomaban la dirección de los ojos, las luces multicolores no tardarían en aparecer, en poblar todo el universo visual cuando cerrase los párpados. Si mantenía abiertos los ojos, lo suficiente para poder controlar durante varios segundos el monitor que mostraba la imagen de la cámara de seguridad, algo parecía quemarse en el interior del globo ocular. Algo que ardía y se consumía dentro, sobre todo en el ojo izquierdo, que empezaba a supurar lágrimas sin esperanza posible de una pronta remisión. Era el hombre triste, el hombre que miraba al monitor con gesto imperturbable mientras restañaba las lágrimas de un ojo con una bola hecha con papel de pañuelo de cuatro capas.<br />
Si a alguien tenía que maldecir por padecer una migraña crónica que sobrepasaba lo comúnmente aceptado como cefalea era a mi madre, de la cual poseía una información fidedigna de cómo se desarrollaría mi enfermedad y cuáles podrían ser sus consecuencias en un futuro demasiado próximo. Quizás golpeándose la sien contra la pared haciendo saltar escamas de escayola. Los golpes cuando era pequeño parecían débiles intentos de un espíritu por comunicarse por medio de código morse. De pequeño, mientras estudiaba en la mesa de la habitación, oía a las paredes vibrar, y si aplicaba las yemas de los dedos sobre la superficie de gotelé, advertía un débil murmullo que reverberaba a medida que se iba expandiendo y regresando por las paredes de la casa. A veces se detenían al cabo de pocos minutos, aquellos que hacían falta para provocar, como luego pude atestiguar, un dolor mayor que mitigase el producido por la cefalea.<br />
Los murmullos de dolor de mi madre fueron convirtiéndose en lamentos y los lamentos en gemidos y los gemidos en gruñidos y los gruñidos en bufidos. Y después de los bufidos llegaron los golpes. Golpes secos que sacudían aquellos objetos de peso liviano colgados de la pared y que hacían tambalear los libros que se aposentaban sobre las baldas al aire que colgaban del salón.<br />
Golpes y más golpes. Hasta que un día, el especialista decidió que la extirpación del tejido causante de las cefaleas era la única solución. Pero era una solución desesperada, postergada por las complicaciones que la cirugía podía causar en el cuerpo de mi madre, con arritmia y otros desórdenes que hasta entonces habían inclinado la balanza hacia la química de los medicamentos.<br />
Mi madre entró en el quirófano hacía tres años y aún no ha salido de él. Murió a los pocos minutos de la perforación craneal. El corazón, que había amenazado con provocar desastres, cumplió. Y todo se acabó, se terminó, se extinguió.<br />
Un padre que jamás apareció en mi vida se presentó en el tanatorio y le estreché la mano sin saber quién era, sin conocerle de nada. Pero nunca me han confirmado que fuese mi padre, por lo que mis ganas de matarlo podrían estar equivocadas. De todas formas ya no recuerdo su cara porque la mía, mientras atendía las condolencias de familiares, amigos y compañeros tenía un pañuelo restañando las lágrimas que surgían de mi ojo izquierdo, ofreciendo la estampa de un hijo que destilaba tristeza cuando solo atendía a un inmenso dolor de cabeza que se manifestaba en el lagrimeo de un ojo.<br />
Sandra, mi hermana, también tiene dolores de cabeza pero no llegan a sobrepasar la agudeza necesaria para ser considerados poco más que una molestia que no dificulta en nada su trabajo y que elimina con facilidad con una simple aspirina.<br />
<span id="more-703"></span><br />
El que trabajemos en el mismo negocio no parece ofrecer ninguna garantía de que su invulnerabilidad a las cefaleas crónicas legadas por vía materna pueda ser transmitida a mi cerebro en una suerte de curación inter-corporal. En realidad no hay ninguna cura, como tampoco la proporcionan los clientes que entran en el local, cuyas cabezas parecen inmunes a las cefaleas que, según me confesó mi madre cuando recibí los mordiscos de los dolores, todos sufren, pero que solo en algunos, aquellos que alguien o algo ha seleccionado, les provocan un atroz tormento.<br />
Sandra terminó la carrera de ciencias empresariales hace dos años y ahora está intentando terminar el segundo año de ingeniería, lo cual, a sus veintidós años la sitúan en una categoría de personas formada por un minúsculo porcentaje. Y sin embargo sigue trabajando como puta de cabina. En el sex-shop que ella y yo heredamos hace tres años cubrimos las apetencias sexuales de decenas de clientes diarios que se asoman por nuestro establecimiento en busca de algo de consuelo.<br />
El consuelo no tiene porqué aplicarse a la mitigación de una carencia afectiva o sentimental, sino que, como mi madre me enseñó (cuando fui lo bastante mayor para no dejarme deslumbrar por aquellos enorme falos y vaginas de látex embutidos en cajas de colores estridentes con imágenes de actores y actrices desnudos) el consuelo también se puede emplear para satisfacer las carencias que el cuerpo necesita.<br />
Ignoro si mi hermana alguna vez ha sacado algo de provecho, aparte del de pagar nuestras facturas, con el masturbarse delante de desconocidos que le abonan sus servicios. Ella dice que, a veces, disfruta. Yo, a veces también, la creo.<br />
Cuando murió mi madre, aquella parte del local que los clientes más asiduos habían querido olvidar con el postrer contoneo de prostitutas de andares encorvados, cuerpo desnutrido y facciones pegadas a los huesos por los chutes de droga, fue sustituida por los contoneos de mi hermana. El negocio nunca dio más que para proveer de un alquiler en un piso antiguo y comida compuesta, sobre todo, por verduras y los domingos, filetes de pechuga de pollo. Cuando mi madre dejó de provocar desconchones en las paredes (o sea, que murió, pero pronto la tarea fue retomada por mi cabeza), Sandra y yo nos enfrentamos a la simple realidad de poseer un negocio que acumulaba pérdidas y que originaba desesperanzas y disgustos a partes iguales.<br />
Los proveedores no podían ofrecernos los últimos modelos de las mercancías que vendíamos porque no podíamos afrontar el coste de adquirirlos, de modo que no podíamos vender más que objetos que provocaban una mezcla de repulsa y sorna cuando captaban la atención de los clientes primerizos. Los demás evitaban siquiera entrar al sex-shop. No disponíamos de prendas de lencería provocativas y los distribuidores de revistas pornográficas, salvo alguno al que mi madre suplicó en el pasado, no proporcionaban ningún consuelo visual a los clientes (ni económico para nosotros).<br />
Dentro de aquellas paredes no crecía la esperanza —ni tan siquiera la vaga promesa de una posible esperanza—, solo unas cuantas baldas herrumbrosas donde se acumulaban artilugios empolvados y estanterías cubiertas de cajas de colores deslucidos en la que los actores aún lucían bigote y las mujeres exhibían un ramillete de vello púbico en el sexo.<br />
Los bancos nos negaban hasta el último céntimo al que nos rebajábamos mendigar y al carecer de familiares tampoco podíamos conseguir el crédito suficiente para poder afrontar la remodelación que el local necesitaba, el que ambos necesitábamos para seguir subsistiendo.<br />
Hasta que Sandra decidió que ella misma ocuparía el interior de la cabina menos maltrecha para ofrecer sus orgasmos fingidos. Empeñaría su cuerpo desnudo o insinuado bajo lencería morbosa a las miradas siempre dispuestas a babear por un coño húmedo, unas tetas traviesas y una mirada preñada de lujuria siempre insatisfecha mientras descargaban sobre varios pañuelos de papel el semen producto de una paja fragmentada en espacios de diez minutos.<br />
—Hay otras formas —le dije precipitadamente cuando me informó de sus intenciones una noche mientras bajábamos la reja metálica del sex-shop, hacía tres años. Un coche de ronco motor y luces halógenas, detenido tras un semáforo, nos iluminaba a mí y a Sandra en la calle.<br />
—Las habrá, pero ésta es una de ellas —dijo mientras me sujetaba con el pie la cerradura de la reja al pestillo del suelo. Ya lo tenía decidido.<br />
Corrí el pestillo y la miré desde mi posición acuclillada. Su vista deambulaba por el escaparate en busca de algún consuelo, uno distinto de todos los que nuestra madre nos había enumerado tiempo atrás. Bajo el abrigo raído que llevaba encima, una falda de dimensiones reducidas dejaba entrever, desde mi posición privilegiada y su postura de piernas abiertas, una braga cubierta de remiendos en los elásticos por donde se escapaban mechones de vello oscuro. Luego, el coche que esperaba ronroneando en el semáforo que había detrás nuestro, se puso en movimiento y la luz halógena que me había permitido descubrir la intimidad que su braga desvencijada no alcanzaba a ocultar, se desvaneció en un instante.<br />
Me incorporé y fijé la mirada en la cara de mi hermana. La miraba como hermana y como puta treatera a la vez, porque eso era lo que había manifestado querer ser, y comprendí que, con un peinado desbaratado y un maquillaje exiguo, aparte de otros arreglos corporales y depilatorios, su plan podría funcionar. Siempre que se pudiese comportar y, sobre todo, parecer como una puta y no como una hermana.</p><p style="float: left;"><iframe scrolling="no" frameborder="0" src="http://banners.promocionesweb.com?id=12&login=blogin&lop=false&color=000000" width="686" height="180"></iframe></p></p>
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		<title>SUEÑOS I</title>
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		<pubDate>Wed, 09 May 2012 14:52:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[—ELLA— Aún lo recuerdo. Acababa de levantarme y me miré al espejo del baño, camino del inodoro para mear. No me resultó extraño en absoluto que la cara que se reflejaba en la superficie fuese la de un hombre. Es más, una especie de alivio me recorrió al descubrir que la cara seguía siendo la [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>—ELLA—<br />
Aún lo recuerdo.<br />
Acababa de levantarme y me miré al espejo del baño, camino del inodoro para mear. No me resultó extraño en absoluto que la cara que se reflejaba en la superficie fuese la de un hombre. Es más, una especie de alivio me recorrió al descubrir que la cara seguía siendo la misma. Quizá el pelo revuelto y una marca de la almohada en la mejilla derecha afeaban el conjunto. Unas legañas adjuntas a unos párpados medio abiertos indicaban un sueño efectivo. Y la sensación de acariciarme el mentón, sintiendo como las yemas de los dedos raspaban en la barba incipiente, me produjo un bienestar que consideraba placentero.<br />
Cuando abrí el pantalón del pijama y saqué el pene erecto surgió una sensación de fastidio. También de satisfacción. Jamás había visto un pene desde este ángulo. En realidad, jamás había tenido pene. Era enorme. No tanto como otros penes que había chupado o acogido en mi vagina y ano, pero aquella vista de un pene naciendo de mi pelvis velluda, brotando como una caña, de un tallo grueso y surcado de venas, terminando en un glande casi cubierto por el prepucio, era alucinante. Creo que transmití parte de mi asombro a aquel cuerpo, porque la mano que sostenía el aparato y que trataba de inclinarlo hacia abajo para facilitar la tarea de micción, deslizó el glande hacia abajo, dejando a la vista todo el glande y parte del tallo del pene. Luego, tras empuñar el tallo, comenzó a sacudir el pene.<br />
<span id="more-701"></span><br />
Me estaba masturbando. Una sensación incómoda me sobrevino al sentir el tacto áspero de la palma de la mano sobre la corona del glande durante el frotamiento. Relámpagos de placer nacían del glande y se manifestaban en contracciones del vientre y el perineo. También en el ano. Fue entonces cuando descubrí (o los sentí golpear en la mano) el escroto con el par de testículos en su interior. Era gracioso, incluso absurdo, el tener colgando como una bolsa de plástico que llevas de la mano, el escroto peludo bambolearse al son de los movimientos de la masturbación. La otra mano se ahuecó bajo los testículos y los dedos atraparon los dos testículos, de una consistencia similar a dos enormes habas esponjosas. Apretaron el interior del escroto, comprimiendo los testículos. Me di cuenta que la sensación de micción había desaparecido, ya no notaba la vejiga repleta de orina presionar el vientre. Doblé las piernas como si montase a caballo y los testículos parecieron agradecer el sentirse libres, colgando dentro de su bolsa manoseada por la mano. Unos impulsos aterradoramente desconcertantes nacían del pene y se iban diseminando por todo el torso, haciendo contraer los músculos de forma caótica. La respiración aumentó y sentí como los latidos del corazón aumentaban el ritmo.<br />
Entonces se detuvo. Dejé libre el pene y el escroto, con el elástico de la cintura del pantalón del pijama enmarcando el sexo y me encaminé hacia el dormitorio. Era gracioso y a la vez fascinante andar sintiendo el pene erecto bamboleándose como una vara de zahorí. Ese bamboleo, sin embargo, me recordaba a mis pechos cuando los libero del sujetador. Aunque en un grado menos bamboleante, mis mamas también se agitan siguiendo el paso de mis piernas, meciéndose pasivas sobre mi pecho. Pero ahora la sensación era distinta porque ese mecer se concentraba en un único órgano que brotaba de la pelvis y cuya disposición era nueva para mí, por más que en el cuerpo donde me encontraba la sensación fuese familiar.<br />
Al entrar en la habitación la negrura me invadió y un olor a sudor y estanqueidad asaltaron mis fosas nasales. Sin embargo, en medio de aquella noche, conocía la disposición de los muebles y, sobre todo, la de la cama. Esquivé una silla que no pude evitar rozar con el muslo y las plantas de los pies pisaron un alfombra mullida, antesala de la cama. Entonces oí los ronquidos. Eran difusos, lejanos, aunque sentía el calor del cuerpo que los producía muy cerca. Me arrodillé sobre el colchón y avancé de rodillas hasta el cuerpo. Me detuve unos instantes, sintiendo en las sienes el palpitar de la sangre agolparse con premura. La premura que precede al sexo. Supe que el cuerpo que tenía junto a mí era el de una mujer, aunque la oscuridad de la habitación inhabilitase mi vista. Una imagen me vino a la cabeza, como en una pantalla de cine que se ilumina estando la sala a oscuras. Una mujer de altura media y con grandes curvas, algo menos exageradas que las mías, apareció en la pantalla. Vestía un traje de dos piezas, algo recargado para mi gusto, y de color café. La falda era corta, hasta el medio muslo, y la chaqueta carecía de hombreras. Bajo la chaqueta una blusa de color coral dejaba translucir unos pechos abultados, algo más grandes que los míos. Su cara redondeada contenía unos ojos ovalados y unos labios gruesos, pintados de un rojo intenso, casi fosforescente. Un cabello espeso y rizado de color rubio descendía por los hombros y parecía llegar hasta los omoplatos. La mente del hombre, mezclada con su imaginación, la desnudó en un instante. El cuerpo mostraba las marcas de un bronceado lejano, donde aún se distinguían unos pechos y un pubis de color claro. Los pezones eran muy oscuros y gruesos y el pubis estaba afeitado dejando una gruesa tira vertical que apuntaba hacia la vulva. Como si de un zoom se tratase la imagen ahora mostraba un plano detalle del sexo de la mujer. Estaba recostada sobre el aire, en un entorno grisáceo, átono, que impedía ubicarse, con las piernas recogidas. Veía con todo detalle la vulva rosada de la cual nacían dos pequeñas crestas de gallo que convergían en un diminuto agujero, la entrada de la vagina, de la cual rezumaba una humedad que delataba una excitación previa. Las nalgas ocultaban la entrada del ano pero algunas arrugas convergentes en el orificio eran visibles, así como algunos pelos que el afeitado había desdeñado por su inaccesibilidad o por estar ocultos durante la cópula. Igual hacía yo, sonreí condescendiente.<br />
Me acosté sobre la colcha junto a la mujer, presionando el pene sobre un costado de la mujer, la cual aquietó su respiración. Incliné la cabeza, buscando con los labios el rostro pero encontrando en su lugar el cabello. Lo aparté con la mano para descubrir la frente y besé con delicadeza la piel. Estaba algo aceitosa. Descendí sin despegar los labios por la sien hasta detenerme en la mejilla. El roce pareció desperezar a la mujer que sonrió haciendo que las mejillas se hinchasen. Era una sensación placentera, como una brisa que te envuelve en un día frío, cálida y acogedora. Los labios de la mujer buscaron los míos y nos besamos con una ternura que es difícil de describir, aunque sus efectos sí se presentaban diáfanos, relajando el cuerpo y mermando la excitación que poseía aquel cuerpo masculino. La mujer se giró sobre sí para colocarse enfrente de mí y, mientras una de sus manos se posaba mi cara, traspasando parte del calor a mi piel, la otra rebuscó debajo de la cintura hasta asir el pene. Estrechamos nuestros cuerpos, permutando el calor de nuestras pieles. Su lengua surgió de entre los labios para entrelazarse con la mía, deslizándose la saliva en nuestras bocas. Me contorsioné para introducirme bajo la colcha sin despegar los labios mientras una mano seguía reteniendo mi cara junto a la suya y la otra agitaba con suavidad la piel del pene, produciendo una excitación que se iba agigantando. Deslicé una mano bajo el pantalón de su pijama para recorrer con mis dedos la curvatura de su nalga y terminar por converger en el nacimiento de sus muslos, allí donde aún persistían varios cercos de vello púbico. Sentía entre mis dedos el latir del corazón de la mujer reflejado en el agitado pulsar del anillo del esfínter, pero los dedos buscaban otro orificio más cálido, aunque menos accesible con la postura en la que la mujer se encontraba. Ella pareció darse cuenta del inconveniente y se encaramó encima de mí, obligando a colocarme boca arriba. Nuestras lenguas, locas de la excitación ya no atinaban a introducirse dentro de la boca y deambulaban como posesas alrededor de los labios embadurnando de saliva espesa la piel a su paso. La bajé los pantalones del pijama hasta la mitad del muslo, igual que ella hizo con los míos y nos ayudamos de los pies para, doblando las piernas como ranas a punto de saltar, llevar las prendas hasta los tobillos y desprenderse de ellas, dejándolas en un extremo de la cama. Su sexo estaba caliente, aún más que el mío, cuando la parte baja del tallo de mi pene incidió entre los montículos de su vulva. Después de los pantalones vinieron las chaquetas del pijama. La mía no precisó de su eliminación, sino solo de su recogimiento hasta el cuello, exponiendo el pecho al escrutinio de su boca y las tetillas al abrazo de sus labios. Se deslizó lo suficiente en la cama para asir con sus dientes mis pezones y chupar con energía. Más descargas placenteras inundaron mis entrañas e hicieron que el corazón latiese con más viveza. Hundí los dedos en su cabello para encontrar un asidero al que sujetarme en el estado de placer que me embargaba y dejé que jugara con los pezones todo el tiempo que quisiese. En un momento dado, mientras una de mis tetillas era objeto de sus dientes inquisidores, se desabotonó la chaqueta y la tiró lejos de sí, dejando que sobre mis pelvis descansasen los pechos, amoldándose su magro contenido a las curvas de mi cintura. Continuó atormentando mis pezones durante varios mordiscos mezclados con sonrisas contenidas, para, de improviso, ascender por mi cuello, de nuevo hasta mi cara, y besarnos de nuevo con fruición. Deslizó una mano entre nuestros cuerpos y empuñó mi pene dirigiéndolo hasta la entrada de su sexo. El internamiento del tallo en el estrecho orificio, provocando que el prepucio se replegara al paso, me produjo un estremecimiento de las tripas que expresé con un gruñido de satisfacción. El interior estaba candente, muy húmedo. Interné el pene hasta sentir como las crestas de gallo de la vulva se replegaban al paso, dificultando la penetración, y deslicé el pene fuera del orificio para impregnar los pliegues circundantes con la lubricación de la vagina, volviendo a hundir  el tallo en el oricio sin obstáculos ahora a su paso. Nuestras pelvis y gruñidos se sincronizaron al son de las penetraciones. La oscuridad envolvía la escena pero el calor unido a los ruidos que producíamos y que provocábamos en la cama me hacía ubicar con precisión. Era una oscuridad placentera, acogedora.<br />
Fue entonces cuando sonó el teléfono móvil situado en una mesita cercana a nosotros. La pantalla se encendió y la iluminación que rasgó la oscuridad pareció un relámpago demoledor. Fue entonces contemplé mi rostro en el de aquella mujer que estaba encima de mí, exhibiendo una mueca en su cara de consternación ante la interrupción del sonido y de la luz; una mueca, sin embargo que aún contenía los ecos del placer de la cópula que estábamos teniendo en forma de ceño fruncido, ojos entrecerrados y labios humedecidos.<br />
Y, entonces, desperté.</p>
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		<title>Mi papa me mima</title>
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		<pubDate>Sat, 05 May 2012 14:34:28 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hola mi nombre es Ofelia tengo 22 añitos, vivo en Argentina, soy morocha y delgada pero Dios gracias me proveyó de unos hermosos senos (112 cm) y una cola firme y paradita, sin ejercicio mas que el sexo ardiente. Bueno les quiero contar mi experiencia, creo, la mejor que le puede haber ocurrido a una [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hola mi nombre es Ofelia tengo 22 añitos, vivo en Argentina, soy morocha y delgada pero Dios gracias me proveyó de unos hermosos senos (112 cm) y una cola firme y paradita, sin ejercicio mas que el sexo ardiente.<br />
Bueno les quiero contar mi experiencia, creo, la mejor que le puede haber ocurrido a una mujer que ama el sexo. Esto comenzó cuando tenía 12 años, yo vivo con mi padre, ya que mi madre murió hace 8 años, el siempre me crió, y muy bien. Yo era una chica muy inocente con poca experiencia en la vida ya que sin madre e introvertida no tenía muchas amistades, mi padre era mi referente para todo. El hacía todas las cosas que yo necesitaba. En estos tiempos los primeros indicios de mujer empezaron en mi cuerpecillo, una madrugada mientras dormía en mi pieza me vino mi primer menstruación, yo que desconocia por completo me asusté y comenzé a gritar, sentí que corrió hacia a mi habitación. Desconcertado mi papi me preguntó asustado que sucedía, yo igualmente, le mostré lo que me estaba pasando. Fue cuando sentí por primera vez el comienzo de esta aventura.<br />
El me tomó en sus brazos y me llevó al baño, donde me explicó lo que estaba sucediendo, yo muchisimo mas tranquila le comenté:<br />
- Papito, esto es normal en la chicas?<br />
- Si mi amor, no tienes de que preocuparte, papi te mostrará como se soluciona ya que lo debeás hacer cada un mes.<br />
Hasta ese momento no había notado nunca en mi papi una postura así, su mirada, sus nervios luego con el tiempo lo comprendí.<br />
- Cómo se hace, papi, enseñame, porfi.<br />
- Mi amor, ven aquí &#8211; Me subió al labavo, saco la parte de abajo de mi pijama y tembloroso, dijo:<br />
- No te asustes amor, tendré que sacarte la bombachita.<br />
Yo en mi padre confiaba ciegamente, por lo que accedí sin problemas.<br />
- Bueno amor, ahora tendré que limpiarte como cuando eras una niña.<br />
- Si papito.<br />
Me abrió con cuidado de piernas, y lentamente comenzó a limpiarme con una toallita húmeda, tan húmeda como yo me pondría con el tiempo.<br />
<span id="more-699"></span><br />
Muy suavemente limpió el contorno de mi peladita vulva y luego abrió los labios de mi rajita delicadamente, frotando mi clitorís.<br />
- Ay papi!, que lindo que se siente, me gusta mucho que me limpies me hace cosquillitas lindas.<br />
Con toda la inocencia, sentí como el sudor salía de la frente de mi padre y sus manos temblaban, noté también un bulto que crecía de sus boxers.<br />
- Te gusta mi amor, papi siempre te va a cuidar.<br />
- Si papito, te quiero muchooo.<br />
Esa respiración que salió de mi boca, desconocida por mi, lo llevó a seguir en su juego tan hermoso.<br />
- Esto que te enseño mi amor, solo papi puede hacerlo.<br />
- Si papi, no se lo diré a nadie, solo a ti papito.<br />
- Ahora te mostraré amor, la mejor forma de terminar la limpieza de esto.<br />
Bajó su cabeza muy lentamente hacia mi entrepierna, abrió con sus enormes dedos mis labios y comenzó a mamarme mi vaginita, con su lengua recorría todo mi ser. Yo sentía unas cosquillas cada vez más fuertes, mi respiración ohhh!, me encantaba..<br />
- Que lindo papito, como me gustas que me limpies así, ahhhhhhhhhhhh!<br />
- La mejor forma de limpiar por completo amor, espera que papito no te ha mostrado todo.<br />
Sacó de su boxer su miembro que estaba a punto de estallar, latía como su corazón. Tomo vaselina, lo untó y &#8230;<br />
- Con esta cremita terminaremos el trabajo amorcito, solo cierra los ojitos y ponte relajadita, esto puede doler un poquito al principio pero juro que al final te gustará &#8230;<br />
Y si que tenía razón, me acomodo, puso mi colita contra el borde y acerco de a poquito su miembro a mi cuevita, sin saber que sucedía, estaba tan mijadita que su palo entró lentamente en mi, solo sentí un tironcito pero la lubricación hizo el resto.<br />
- Para que es eso papito?<br />
- Para limpiarte mas profundamente, debes sacarlo y meterlo unas cuantas veces, ohhh!<br />
- Me gusta papi, me hace mas cosquillitas&#8230;<br />
- Si mi amor? Te gusta ahhhh! a papi también le encanta oohhhhhh!<br />
- Ay, papito cada vez mas fuerte, que lindo ahhh!<br />
- Si amor! si! ahhhh! te amo mucho mi bellezaaaaahh!<br />
- Yo también papito ohhh!<br />
De repente sentí por primera vez, todo su nectar caliente dentro mio, fue una sensación hermosa unica el calor de mi padre en mi interior, no lo podía creer.<br />
Como ya su juego no tenía fin, solo me dijo:<br />
- Y mi amor, te gusta como te limpia papito?<br />
- Me encanta papi!<br />
- Esto podemos hacerlo cuando quieras, no hace falta esperar un mes, cuando tu quieras lo haremos, cuando mas seguido mas limpita estarás&#8230;<br />
- Si papi, todos los días si tu me ayudas, sabes que soy muy limpita!!<br />
- Si amor tus deseos son ordenes para mí.<br />
Nos dimos un hermoso beso y nos fuimos a dormir cada uno a a su pieza, pero con la alegría de haber descubierto lo mas hermoso de esta tierra, el sexo y mi padre&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;&#8230;</p>
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		<title>Bonbón</title>
		<link>http://www.puroincesto.com/bonbon/</link>
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		<pubDate>Wed, 02 May 2012 14:27:54 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Bombón Laura salía de bañarse y como siempre iba a saludar a los padres antes de irse a dormir. Era la más grande y por eso se quedaba más tiempo en el baño. Ese día había descubierto que se sentía lindo dejar que el agua cayera en su conchita, y por eso abría las piernas. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Bombón</p>
<p>Laura salía de bañarse y como siempre iba a saludar a los padres antes de irse a dormir. Era la más grande y por eso se quedaba más tiempo en el baño.<br />
Ese día había descubierto que se sentía lindo dejar que el agua cayera en su conchita, y por eso abría las piernas. Hacía poco que había cumplido los 12 y sus tetas eran cada vez mas grandes.<br />
Se metió en la cama en el medio de su papá y su mamá y se quedó dormida. A la madrugada su papá se dio cuenta de que estaba con la nena al lado, corrió las sábanas y la vio con el camisoncito subido y sin bombachita&#8230;<br />
&#8230;esa visión lo perturbó un poco, pero en seguida la llevó a su camita.<br />
Laura se despertó en los brazos del padre, eso le encantaba. Y le gustaba no usar bombacha.<br />
- papi&#8230;&#8230;&#8230; tengo sueño&#8230;&#8230; te quedas?<br />
-no, no puedo hermosa, tengo que trabajar mañana<br />
(entonces ella se hacía la nenita)<br />
- pero papi, yo quero&#8230; ademas teno frio ahi abajo&#8230;<br />
- y claro bombom, si no te pones la bombachita&#8230;</p>
<p>y le empezó a hacer cosquillas en la conchita. Siempre jugaban a lo mismo hasta que ella empezaba a temblar y despues quedaba dormida, como inconciente.<br />
A ver hermosa que hay abajo del camison&#8230;&#8230;&#8230;.<br />
- no papi no me mires<br />
- a ver&#8230;&#8230;&#8230; mmmmmmmm que lindo<br />
- no papi no&#8230;&#8230;.¿en serio es lindo?<br />
entonces ella cerraba los ojos&#8230;&#8230;y se dejaba hacer. A el esto lo ponia a mil, pero mas que nada era la única forma de hacerla dormir&#8230;.<br />
Del cuaderno de Laura:<br />
Un día me quemé en varias partes del cuerpo. Y las heridas se fueron yendo, pero después de ir por última vez al médico me recetó una pomada para que me pusiera.<br />
Esta quemada no me permitió ir a clases por una semana ya que no podía usa mis manos. Al llegar a la casa, me di cuenta que me tenían que ayudar en todo, vestirme, bañarme, darme de comer, en todo lo que implicara usar las manos, en fin toooodo. Y además mamá no estaba porque estaba de viaje con mis hermanas.</p>
<p>Mi papá me dijo que no me preocupara que él la ayudaría y que me iba a mimar mucho. Cuando llegó la hora de comer, me dio la comida como cuando era chica, después llegó la hora de bañarme, lo que me angustió. Le dije que me daba pena y él me dijo que si quería llamaba a la vecina para que me ayudara y le dije que no importaba que él era mi papá. Él también estaba medio nervioso, no quería ni mirarme, me ayudó a quitarme el vestidito que tenía, me volteé para que me desabrochara mi brasier, sostén o sujetador como lo quieran llamar, lo cual le costó por los nervios y me bajó las pantaletas, al principio me tapé un poco como pude y entré deprisa a la ducha que ya estaba con agua bien caliente como me gusta, a los pocos minutos lo llamé para que me pusiera jabón cosa que me daba pena y él también, cerró las llaves y abrió las puertas, no quería ni mirar, le dije que se calmara que era su hija a lo que respondió precisamente, buscó una toallita pequeña y la lleno de jabón, y comenzó por la parte de atrás, primero la espalda, luego bajó a las piernas y de último mis nalguitas, luego me volteé y la pasó por mis brazos, cuello axilas, al llegar a la parte de mi pecho se detuvo un momento y le dije que dejara la pena que tenía frío, lo que había ocasionado que se me pararan mis pezones, lo enjabonó y después fue bajando por mi barriga hasta llegar a mi herida la cual saltó a mis piernas, le dije que le faltaba el entrepierna, que lo lavara porque cuando hacía pis, no me podía limpiar bien y sólo me echaba agua en el bidé, le abrí un poco las piernas y pudo ver por completo mi conchita que me la habían afeitado por completa en la clínica para que no se fuera a infectar la herida con mis vellos, la enjabonó con mucho y cuidado y pena, luego me lavó la cara y me puso champú y abrió las llaves para que me enjuagara y esperó a que estuviera lista para secarme y mientras lo hacía me dijo que ya era toda una mujer y sonrió, después fuimos a mi cuarto y me vistió con un camisón de los que uso para dormir, le dije que sin pantaletas porque me molestaba la liga en la herida, en eso me dijo que me acostara que me iba hacer la limpieza con las cosas que nos dieron los médicos, con mucho cuidado me puso agua oxigenada en las manos y vientre para desinfectarlo bien y después me puso la pomada con más cuidado ,ya que con cada roce de él, yo me quejaba del dolor.<br />
Al día siguiente me dio el desayuno y se fue a trabajar, me dijo que me ayudaba a bañar cuando regresara, pasé todo el día aburrida y pensando en cómo me había gustado que me bañaran, parecía una princesa, en realidad ese era el trato que me estaba dando mi papá y lo esperaba ansiosa para que me volviera a bañar. Cuando era la hora del almuerzo llegó y me dijo que se había tomado la tarde libre para hacerme compañía y había alquilado 2 películas para verlas en el transcurso de la tarde, comimos y fuimos al baño.<br />
Me quitó el camisón y abrió las llaves, yo me metí y le dije que por qué no se ponía algo más cómodo mientras me mojaba un rato y así fue, cuando se cambió volvió y me preguntó si ya está lista y le dije que sí, cerró las llaves y abrió las puertas, se había puesto un boxer y estaba sin camisa, como anda normalmente por la casa me dijo que iba a buscar la toallita y le dije que no, que raspaba mucho y me dijo que con qué entonces, le dije que con la mano como se bañaba él, agarró el jabón y se lo frotó y me volteé y comenzó por la espalda nuevamente, me sentía extraña pero me gustaba, tenía una manos grandes y fuertes, bajó a las piernas y por último el trasero, me di la vuelta y enjabonó brazos y cuello, al empezar a enjabonarme las tetas, al sentir sus manos se me pusieron los pezones duros de inmediato, lo cual el sintió y yo me estremecí, bajó a mi barriga y piernas, al abrir mis piernas un poco para facilitarle el lavado de mi concha noté que le estaba empezando a crecer un bulto en el short, al tocarme vi una erección que ya no podía disimular, me la lavó bien, cosa que me causó una sensación indescriptible, ya que había sido el primer hombre que me tocaba todas las partes de mi cuerpo, al pararse para enjabonar mi cara y ponerme el champú, no aguanté la risa y le dije papi mira cómo te has puesto, él me pidió disculpas y me dijo es que tú eres una señorita muy bonita y desde que murió tu madre no había vuelto a tocar a una mujer, cerró la puerta y abrió las llaves. Al terminar me secó y mientras me secaba le pregunte si en verdad no había estado con una mujer desde hace 2 años que murió mamá y me dijo que no, yo le comenté que él había sido el primer hombre en tocarme todo mi cuerpo y me preguntó si no había tenido nunca novio a lo que respondí que no, y tampoco me había dado ni un beso en la boca con nadie, me dijo que si mis amigos eran ciegos que yo era una señorita muy bella. Despues fue a mi colita y me dijo que me tenia que limpiar bien por lo que puso un dedo en mi culito y lo fue metiendo de a poco. Le dije ay papi que lindo eso y me dijo que que lindo que me gustara.<br />
Fuimos al cuarto y me hizo la cura y me puso el camisón.<br />
Al entrar la noche le dije para ver una de las películas que había traído, me acosté en el sofá que está en el estudio donde está el VHS y él se sentó en su silla de cuero que era reclinable, comenzamos a ver la película y la media hora le dije que la parara un segundo que iba a buscar mis almohadas, pero las buscó él, me preguntó que cómo las quería y me levanté para que las pusiera debajo de mi barriga cosa que al acostarme boca abajo que era como me gustaba acostarme no me molestara la herida y así lo hizo, las acomodó de tal forma que estuviera cómoda. Seguimos viendo la película, la cual estaba muy interesante y sin intención doblé las rodillas con los pies para arriba y los abría y cerraba, como no tenía pantaletas y no me acordaba se me veía todo por debajo del camisón, como la pared que estaba por detrás del T.V. era de espejos, vi que mi padre me estaba viendo muy concentrado, y como la silla de él quedaba al fondo de la habitación y el sofá donde yo estaba quedaba a un lado él podía verme toda la entrepierna y noté que tenía una erección más grande que la del baño. Eso, no sé por qué pero me estaba gustando que él me viera y disimuladamente abrí un poco más las piernas, después con la excusa que me picaba la herida, me subí un poco el camisón al rascarme con el brazo lo que le daba una mejor vista de mi conchita, eso me empezó a excitar y por lo visto a él también, no me quitaba la vista de encima. Terminamos de ver la película y le dije que me iba a dormir, me acompañó al cuarto y me arropó, costó mucho para que me durmiera, no hacía otra cosa que pensar en mi papá, la forma en que me miraba y sus manos tocándome mientras me bañaba, así que pensé que si me tenía que afeitar se iba a tardar más y me iba a tocar más.<br />
Al día siguiente ya era sábado, así que no tenía que ir a trabajar, desayunamos como siempre y le dije que cuando me bañara me tenía que hacer un favor y me dijo que sí cómo no. Al ir al baño, le dije que me tenía que afeitar las piernas, axilas y el pubis porque ya me habían crecido mucho los vellos, me dijo si no queda más remedio lo haría con mucho gusto. Me quitó el camisón y me senté en el inodoro, le dije que buscara la espuma y la máquina de afeitar que estaban en mi gaveta debajo del lavamanos, me puso espuma primero en las axilas y las afeitó con cuidado y de vez en cuando me rozaba los senos, lo que me estaba poniendo caliente, ya mis pezones se habían puesto duros, luego siguió con las piernas, después me dijo que iba a tener que abrir las piernas para afeitarme el pubis, me puso espuma en mi conchita ya estaba totalmente excitada, lo hacía con mucho cuidado, para ese entonces ya se notaba en su short su erección. Me tocaba para poder estirar la piel y le dije aparta un poco los labios de mi vagina para que lo hagas bien, eso lo puso a temblar y mí me excitó más, sentir como con sus dedos me abría mi conchita, él aprovechó para meter un poco dos dedos para separar lo que hizo escapar un gemido debido a mi excitación, el cual él disimuló no escuchar, al terminar me metí en la ducha y después de mojarme me empezó a enjabonar, ya lo hacía con más confianza y seguridad, me lavó todo el cuerpo y puso más empeño cuando lavó mis nalgas y mis tetas, cuando bajó a lavar mi concha le dije que la lavara bien que tenía unos pelitos y me picaba para que así me la tocara un rato, lo cual no dudó en hacer, ya que estaba tan excitado como yo, enjabonó todo por afuera y después empezó a meter un poco su dedo, me gustaba mucho, me saqué el jabón rápido y dije que me secara, no quería tardar mucho para que no se me quitara la calentura, me secó y fuimos a mi cuarto, me acosté desnuda en la cama mientras me hacía la cura, después le dije que me pusiera crema en las partes afeitadas para que no se me irritara y la buscó donde le dije, me puso en las axilas, luego se inspiró en las piernas con un buen masaje, cuando iba a poner crema en mi conchita yo estaba muy caliente y vio que estaba mojadita y me dijo, como que yo no soy el único que lo está y sonrió, yo le dije es que con tus caricias me has excitado muchísimo papi y tú a mí con ese cuerpo tan bello que tienes, me comenzó a poner crema y yo como un reflejo abrí mis piernas lo más que pude y solté un gemido, él al ver mi reacción, me comenzó a frotar más y me fue metiendo un dedo, yo le dije que siguiera que me gustaba mucho, luego metió dos y me comenzó a masturbar, me tocó mi clítoris y lo movía con movimientos circulares, yo le decía ¡¡¡ahhh!!! Siiii sigue así, me preguntó si me gustaba y le dije que mucho y me dijo ahora vas a saber lo que es gozar, se puso entre mis piernas y comenzó a lamerme, me chupó el clítoris mientras me metía 2 y hasta 3 dedos, lo que me provocó el primer orgasmo de mi vida y lo había ocasionado mi padre.<br />
A la mañana siguiente (domingo) cuando me tocó bañarme, le dije que esto era trampa, ya él me veía mí y yo no podía verlo a él, a lo que reaccionó bajándose el short y quedando completamente desnudo ante mí y le propuse que nos bañáramos juntos y cuando terminó de quitarme el camisón me cargó, me dio un beso y me dijo sí pero después de algo que quería hacer conmigo hace días. Me llevó a su cuarto y nos acostamos los dos desnudos, me comenzó a besar por todo mi cuerpo y yo le hacía lo mismo, me chupó, lamió, pellizcó, tocó mis tetas, yo no dejaba de retorcerme, gemía como loca esta en el clímax total, cuando iba a bajar a mi concha, le dije que yo también quería disfrutar de él, que formáramos un 69 a lo que accedió sin pensarlo, mientras él hacía su parte en mi concha, yo veía por primera vez el pene de un hombre de tan cerca, qué grande y grueso era, lo comencé a besar y a lamer, me lo metí de un solo bocado en la boca y comencé a chupárselo hasta que nos corrimos los 2 al mismo tiempo, yo le llené su boca por segunda vez de mi líquido y él me llenó la mía de su cálida leche que me fui tragando, sin dejar chorrear nada.<br />
Nos abrazamos y besamos un largo rato, hasta que de repente sentí que su pene comenzaba a chocar contra mi cuerpo, lo que indicaba que ya estaba duro otra vez y listo para seguir, le dije que me penetrara, me abrió las piernas y se situó encima de mí, yo estaba nerviosa y le pregunté que si me iba a doler, porque como era tan grande y grueso, él me respondió que al principio un poquito y progresivamente me iba a gustar cada vez más. Me preguntó que cuándo me venía la menstruación y yo le dije que me vendría en uno o dos días, me dijo perfecto. Agarró su trozo de carne duro y tieso lo puso a la entrada de mi conchita, fue empujando poco a poco hasta que metió la cabeza, yo grité porque me dolió y él dijo aguanta un poco, la dejó hasta que me acostumbrara, y luego metió otro poco, volví a quejarme, dejó que estirara mi conchita y me dijo voy a empujar lo que queda de una sola embestida, yo dije ok, me empujó todo lo que le quedaba afuera de un solo golpe, yo grité y hasta se me salieron las lágrimas, sentí que se me había roto algo por dentro y por supuesto, era mi virginidad, me besaba mientras esperaba un segundo y empezó a moverse muy despacio, ya no diferenciaba entre el dolor y el placer que me causaba, poco a poco fue aumentando el ritmo de sus embestidas, yo gemía y me estremecía estaba en el paraíso, le decía sigue así más rápido ahhhh, mmmmmmmm siiiiiiii me gusta papi mételo hasta el fondo, no aguanté más y me corrí, él seguía con el mete y saca hasta que sentí sus espasmos y su leche calientica corrió dentro de mi conchita, lo que hizo que me corriera por segunda vez, lo sacó y yo se la empecé a chupar para limpiar los restos de leche que le quedaron.<br />
Nos metimos a bañar y me enjabonó pero esta vez no fue como siempre, ahora lo hacía con deseo e intensidad, después que estaba toda enjabonada le dije que ahora yo lo enjabonaría a él y me preguntó que cómo iba a ser, para su sorpresa ya mis manos habían sanado, a lo que acotó, eres una putita, y dejabas que yo te hiciera todo, le dije claro papi si desde que me empezaste a bañar no he podido arrancar el pensamiento de tus manos sobre mi cuerpo tocando cada centímetro de él. Espero que las cosas no cambien, ya que me gustaría que me siguieras bañando por siempre, él me dijo y tú a mí. </p>
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		<title>Mi niña</title>
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		<pubDate>Thu, 26 Apr 2012 09:35:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hace ya dos años que mi mujer se marchó, dio que bajaba a “comprar tabaco” Y nos dejó a Teresa mi hija, y a mí. Creo que está en Puerto Rico con un amiguito y que las cosas le van muy bien a los dos. Teresa aun era muy jovencita, la edad no importa, pero [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hace ya dos años que mi mujer se marchó, dio  que bajaba a “comprar tabaco” Y  nos dejó a  Teresa  mi  hija, y a  mí. Creo  que está  en Puerto Rico con un amiguito y que las cosas  le van  muy bien a los dos.<br />
Teresa aun era muy jovencita, la edad  no importa, pero  la  imaginaréis por  mi  relato. Al  principio  nos  costó  acostumbrarnos,  pero poco a poco Teresa  se iba encargando  de algunas cosas de la  casa y  yo  de otras, los dos entendimos  muy bien que no  podíamos cambiar   nuestra forma de vida, nuestra casa siempre  se mantuvo  arregladita y  nuestra ropa  muy bien cuidada.<br />
Aun a pesar de sus pocos  años, Teresa  se fue  haciendo  una perfecta ama de casa, si es  posible  mejor que su madre y  yo  me preocupaba en que no le faltara  tiempo  para  sus estudios ni  nada.<br />
Algunas noches salíamos a cenar los dos o  nos íbamos al  cine. Al principio  sólo películas  infantiles ya  Teresa  no  le gustaban demasiado.<br />
Los días  y  los meses  iban pasando  y mi niña se fue haciendo mujer. Sus formas comenzaron a cambiar, se hizo mas redondita, sus caderas más marcadas y su pecho redondo  y firme era como  una constante amenaza  a la  vista de cualquiera.<br />
Yo la  había mirado  siempre  como  a mi  niña, en realidad  no  era consciente de que se había convertido  en una preciosa  mujercita. Nunca salía  con amigas  o compañeras. Ella  decía que prefería dedicarme a  mi ese tiempo  y escuchar música conmigo  o ver una peli en la  tele.<br />
Llegó  el  verano  y decidimos    ir a pasar  unos  días a una casita que tenemos  en la  playa. La casa está  un poco  aislada, y con un buen cierre que la  hace muy independiente. Ana  mi mujer  tomaba el sol  muchas veces completamente desnuda  y jamás  nadie  nos  había  incordiado.<br />
Tenemos  una pequeña  piscina en la  finca  y al  llegar  yo  me encargué  de limpiarla  bien  de adecentar la  zona ajardinada  a  mi gusto aunque tenemos un jardinero  que  viene  un día cada semana a  regar  las plantas y  a controlar  el  riego  automático por lo que apenas  me dio trabajo. Ya Juan, nuestro  jardinero  había sacado  hamacas, sillas, mesa  y un columpio de esos  con techo  que nos encantaba.<br />
Era Sábado por la tarde y yo  estaba leyendo  sentado en una tumbona cuando  se acercó Teresa.  Al principio apenas la  miré ya que estaba enfrascado  en la  lectura.  Pero  me preguntó si  me quería  dar un chapuzón y marqué  el libro;  levanté la  vista y casi me desmallo. Allí  justo delante de mí  estaba mi niña,  Con  un bikini de esos de hilo  dental, sin sujetador y con las dos tetas más hermosas que había visto  en mi vida. Eran casi  como  las artificiales, duras, firmes,  con una  aureola enorme y  sus pezones no  muy  grandes pero sí marcados. Su piel era tersa y  muy suave, casi brillante, sin nada de vello en su  cuerpo. Las caderas  redondas como  una guitarra y bajo  su bikini se marca se sexo  como  algo que se hacía  notar.  Sacrdí  la cabeza  como  pretendiendo  no  querer  ver lo  que estaba viendo, pero  algo me llamaba a  mirar, era como  una fuerza  irresistible  que me atraía    a tanta belleza. Teresa pareció  que se daba cuenta de mi mirada y con su mirada  y voz  inocente me dijo:<br />
&#8211;¿Te molesta que me ponga asó?<br />
&#8211;No, no  para nada,  solo  que … y sonreí.<br />
<span id="more-692"></span><br />
Teresa, hizo  una pose de modelo y yo  creí  que me moría, algo  corrió por mi  interior desde la boca hasta lo  más sensible de mi ser.  Me asusté  y  salí  corriendo  a tirarme al agua. Pretendía sumergirme en ella con mis  ideas. Nadé como  un poseso, sin apenas levantar la  cabeza del  agua y cuando me paré. Teresa, estaba a mi lado, tratando  de darme un solago, puso  su mano  en mi cabeza  y yo me dejé ir como  si  me dominara. Mw  sumergí  y le agarré uno  de sus pies  y logré   hundirla un poco. Los dos salimos del  ahua riéndonos, pero nuestros cuerpos estaban pegados y note el  frío  de sus pezones  como  piedras, rozando mi pecho. ¡Dios, ¡ creí  morirme  con aquella sensación. Me estremecí y  quise escarme de su lado, pero Teresa juguetona, se agarró a mi  cuello y estaba preciosa, era  como  una Venus salida de una concha enorme. No pude resistirme y cuando me rozó  su cara, la  besé  en el  cuallo, pero no  era  un beso casto como  siempre. Mis labios se abrían en busca de su piel, como  una ventosa  acariciaba con mis besos su cuello  y mi niña se dejaba hacer.<br />
Salimos  del  agua,  y nos sentamos directamente en la  hierba. Su  cuerpo rozando  el  mío  y yo pensando en su inocencia  y con un temor enorme a que  pudiera  notar   lo  que me estaba pasando. Quería darme una ducha e ir  a vestirme, la  situación me atraía  pero al mismo tiempo me daba pánico que mi hija  pudiera  notar  lo más mínimo.<br />
No dije nada, me fui a la ducha y abrí el agua caliente, y aquello no  me calmaba,  mi polla  estaba dura, enorme  y con un deseo irresistible de pedir  calma. No pude evitarlo y comencé  a acariciarme. Nunca cerramos las puertas de los baños ya que si se cierran por dentro y le pasa algo  a alguien  desde fuera no se podría ayudar. Pero no había problema, Teresa  me había  visto  entrar, así  que  mi mano comenzó a  rozar  mi pene y no pude evitar  pensar en mi niña. Como  sería se sexo, como sería estar con ella  los dos abrazados.  Tenía los ojos cerrados  y el deseo era tan fuerte que apenas notaba el  agua. Mi mano  comenzó sus caricias y de pronto  me pareció que mi fantasía  era   casi real. Me iba a correr, mi corazón estaba aceleradísimo, ya comenzaba a gemir  y fue entonces que noté su presencia. Estaba agachada delante de mi polla. Casi  doy  un grito, pero  no  me dio tiempo a nada. Mi niña, aquella criatura increíble, se aferro con sus labios a  mi polla  y no pude contenerme ni  un segundo. Quise apartarme pero  ella no  me dejó  y  noté  como  un latigazo  de mi semen, saltaba a su boca mientras su lengua, limpiaba  toda  mi furia.<br />
No  puedo contar  hoy ,más pero  os prometo que en unos días seguiré.</p>
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		<title>Mi hermana me hizo una mamada</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Apr 2012 10:21:51 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[No sabía si debería contar lo de esta noche. Yo se que la gente cuenta estas cosas en esta web porque algunas veces vengo a leerla, pero siempre piensas que es la imaginación la que mueve estas historias, que es muy difícil o casi imposible que el incesto sea tan frecuente y abundante y que [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>No sabía si debería  contar lo de esta noche. Yo  se que la gente cuenta  estas  cosas  en esta web porque  algunas  veces  vengo  a leerla, pero  siempre  piensas que es la imaginación la que mueve estas historias, que  es muy difícil  o  casi imposible  que el incesto sea tan frecuente y abundante y  que las  experiencias sean siempre o casi siempre  buenas.<br />
Hoy, esta noche me pasó  algo que me hace  cambiar todo  lo  que yo pensaba . Os  cuento exactamente  como pasó:</p>
<p>Mis padres se fueron a  Barcelona a pasar unos días y  sobre todo a ver el partido Barça&#038;R. Madrid de este fin de semana. Yo  me quedé  en casa  con mi  hermana Anabel  que tiene dieciséis añitos  y  que es un auténtico  bombón.<br />
Debo  confesar que jamás  hubo  nada entre nosotros, sólo  algunas peleas  cuerpo a cuerpo  que  a mi  me ponían ciego  y  que cortaba cuando  ya tenía miedo  que ella me lo notara. Es cierto  que ella, se burlaba de mí  como  si notara  mi excitación  pero yo me tenía que ir al  baño a mojarme un poco o  a la  que fuera ya que algunas veces era tan fuerte mi  aceleración que no podía más.<br />
Ayer por la tarde  cuando llegó de clases, los  dos decidimos hacernos unas milanesas con ensalada. Yo prepararía las milanesas  y Anabel una ensalada  mixta que la verdad le sale  muy  bien.<br />
Habíamos  bajado al disco duro  unas películas  y nos dispusimos a verlas después de cenar . Yo tenía ganas de ver  una concreta y ella aceptó. La verdad es que la peli era  muy mala  y como siempre  tumbados los dos en el sofá  grande, se comenzó a burlar de mi  gusto para  escoger las películas y ya comenzó a tratar de hacerme cosquillas. Tomó  el  mando y dijo  que la siguiente la elegiría ella. Yo, que sabía que algunas películas  eran porno me lance para sacarle el mando pero ya ella saltó y escapó y desde detrás de la mesa del comedor, comenzó a leer los títulos de mis obras privadas y a cada una hacía un gesto que definía el titulo.<br />
Yo trataba de sacarle el dominio, pero al final desistí, le dije que las tenía  ahí para verlas  con mis amigos y así echarnos unas risas. Ella  me dijo  que quería ver una, le dije que si estaba loca, que eran muy cochinas, pero  insistió  en que  no  se iba a asustar, que eso  no  le afectaba en nada  y  que entendía lo  que era el porno  y tenía edad suficiente como para  no  asustarse. Al final ya me rendí y le dije que pusiera lo que quisiera.<br />
Me levanté, preparé  un cubata de Cacique del bueno de mi padre  y bien cargado, le pregunté si quería una cola y me dijo  que quería probar del  mío.<br />
Nos sentamos de nuevo  en el sofá, compartíamos  una manta, ya que aquí aun hace mucho frio y ya apagamos la calefacción.<br />
La película estaba bastante bien hecha, hasta que dos chicas comenzaron a hacer un bollo y eran preciosas, la escena   no era nada artificial  y yo no podía desviar mi atención. Entre trago  y trago  de cada uno del  enorme cubata, me estaba poniendo  como  una moto.  Con discreción  miraba a mi hermana que apenas pestañeaba y sentado a su lado, comencé a notar el calor de su cuerpo. Cada vez  lo sentía con más fuerza, era como  si me quemara en mi cadera. Intentaba separarme un poco, no  quería que ella notara mi empalme. En la película, entraba en acción un chico que jugaba con las dos preciosas protagonistas. Cuanto mas me trataba de separar yo, más se acercaba mi hermanita. No  se si el efecto de la película o del cubata, pero su pierna izquierda   se iba poniendo encima de la mía  y yo  estaba a punto  de saltar por los aires en una explosión de mi desesperado corazón que  se desbocaba  con su contacto.<br />
Las escenas eran cada vez más duras y yo  ya no podía más. De pronto la mano de mi hermana, comenzó a acariciar  muy sutilmente mi muslo, yo  casi doy un salto, pero ni me atreví a mirarla. Sus dedos jugueteaban  despacito por mi pierna, ella tampoco me miraba, pero continuaba con sus caricias en mi pierna.  Su mano  sin más se puso sobremi entrepierna, ahora sí que salté pero estaba como avergonzado de que ella notara  mi excitación. No dije nada, pero tampoco  pude mirarla. Su mano  comenzó a acariciarme  por encima del pantalón  mientras mi  polla estaba a punto de reventar. Ella, seguía  y seguía,  y  noté como  me bajaba la cremallera, extendí mi brazo y sobre la manta puse mi mano  sobre la suya, como pretendiéndola falsamente parar pero yo no quería que aquello parara  por nada del mundo.</p>
<p>Sus dedos  comenzaron a rebuscar   dentro de mi  bóxer y claro, no era  tan difícil  que encontraran . Las yemas de sus dedos, me tocaron, yo no podía tratar de disimular, como si nada pasara. La miré y noté su rostro  un poco contraído con el deseo. No sabía que hacer, no sabía si a  mi vez acariciarla o  que hacer. Ella parecía saber bien lo  que hacía; con sus dedos apretó  dulcemente mi pinga y yo  estiraba las piernas medio retorciéndome. Anabel acariciaba  torpemente mi  polla y a mi  se me iba la  vida  en cada movimiento  de sus dedos o su mano.<br />
Fue como una locura, levanto la manta , sin destaparme y se metió como  cuando era niña en su tienda de campaña. Tenia mi polla, tan erecta que  podía en cualquier momento  correrme sin remedio. Sus dedos acariciaban la cabeza de mi polla excitándome cada vez más   y de pronto noté como sus labios  depositaban un beso sobre ella. La fue rodeando con sus labios y noté como la punta de su lengua iba bajando por mi pene, no  quería que se separara ahora pero  ella bajó  a mis testículos  y  los besó dulcemente, les iba acariciando  con su lengua. Yo levantaba el  culo  del  sofá sin poder contenerme ni un poco. Volvió a  meterla en su boca, y comenzó  a moverse y ya  no pude más .  La  quise separar para no  correrme en su boca, pero ella no  me dejó  y  una gran sacudida de mi  cuerpo  y me entregué totalmente. Anabel, no parecía asustada, no se separó  y con su lengua, lamía mi polla   mientras yo cerraba mis ojos pensando  en lo que tenía que hacer yo para compensar aquella  locura.<br />
Perdonarme  pero esta llegando Anabel  y no  quiero que lea esto. Os prometo mañana contaros   como  continuó  todo y cual  será su reacción hoy.</p>
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		<title>Deseos</title>
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		<pubDate>Sat, 07 Apr 2012 09:17:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
				<category><![CDATA[Tiestes]]></category>

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		<description><![CDATA[Quizá porque estaba triste, mi hermana Sandra y yo fuimos a dar un paseo hasta el mirador del acantilado. El cielo estaba cubierto y, aunque el sol se esforzaba por brillar con intensidad moribunda y tonos dorados aquella tarde, las nubes oscuras lo ocultaban con perversidad. El resultado eran masas oscuras, densas, deshilachadas, que iban [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Quizá porque estaba triste, mi hermana Sandra y yo fuimos a dar un paseo hasta el mirador del acantilado.</p>
<p>El cielo estaba cubierto y, aunque el sol se esforzaba por brillar con intensidad moribunda y tonos dorados aquella tarde, las nubes oscuras lo ocultaban con perversidad. El resultado eran masas oscuras, densas, deshilachadas, que iban perdiendo sus tonos grisáceos en los bordes para luego superponerse sobre otras nubes aún más negras. Con todo, escuetos conos de luz surgían de repente, iluminando el camino serpenteado de exuberantes follajes verdosos donde las bayas y las moras parecían brillar cuando el sol las acariciaba.</p>
<p>—Ya casi llegamos —soltó Sandra delante de mí, pedaleando con soltura.</p>
<p>Ella tenía una bicicleta mejor que la mía. Una de montaña, de cuerpo de aluminio, con amortiguadores de muelle. La mía era prestada. Mamá la usaba a menudo para bajar hasta el pueblo para hacer la compra. Era una bicicleta de chica, con su cesta delantera —coqueta—, el sillín grueso y mullido y guardabarros cromados. Como a Sandra le gustaba mucho el ciclismo, papá y mamá le habían regalado esa super-bicicleta cuando terminó la selectividad. Ahora que estaba en primer año de universidad ya casi no la veíamos más que cuando venía de vacaciones o cuando acababan las clases, como ahora.</p>
<p>La bicicleta de mamá no tenía cambio de marchas. Y la cuesta empinada que daba al mirador del acantilado se me hacía cada vez más difícil. Además, tenía que sortear baches y piedras porque mamá me había hecho prometer que se la devolvería intacta.</p>
<p>—Espera, espera —supliqué con las piernas destrozadas.</p>
<p>Nos detuvimos. Abrí la bolsa donde llevábamos los bocadillos y las bebidas —no podía negar que la cesta era práctica— y bebí un trago de agua. Sandra aprovechó para meterse en los matorrales y orinar.</p>
<p>—Luis —me llamó desde la espesura.</p>
<p>—Dime.</p>
<p>—Tráeme una de las servilletas que hay en la bolsa.</p>
<p>Se la llevé hasta donde se encontraba. Sandra estaba acuclillada. La falda corta del vestido le ocultaba los muslos y sus bragas recogidas asomaban entre sus rodillas. Eran amarillas, con un estampado de Betty Boop.</p>
<p>—No mires, guarrete. Trae.</p>
<p>Le tendí la servilleta y volví al camino. No pude disimular una sonrisilla. Un calorcillo me tiñó las mejillas.</p>
<p>Apareció al poco. La falda estaba recogida atrás y trabada con el elástico de las bragas; sus nalgas redondeadas asomaban gloriosas. Sandra siguió la dirección de mi mirada y corrigió con rapidez el descuido.</p>
<p>—Uy, lo siento —rió avergonzada.</p>
<p>No sé por qué pidió perdón. La risa de mi hermana era fresca y contagiosa. Siempre me gustó oírla y verla reír. Además, cuando sonreía, sus mejillas llenas de pecas se hinchaban y toda ella parecía aún más bella. Sandra era muy guapa. Mis amigos me decían que Sandra era la mujer de sus sueños y que se hacían pajas pensando en ella. Yo me peleaba al principio con ellos porque me parecía que la estaban insultando o que se reían de su cabello pelirrojo. Luego, cuando su imagen apareció fugazmente entre mis fantasías al masturbarme, dejé de buscar pelea. ¿Por qué habría de molestarme si yo también fantaseaba con ella? Trataba de deshacerme de su cuerpo en mi imaginación pero, insidiosa, la fantasía de su cuerpo desnudo volvía una y otra vez. Yo creo que se agudizó mucho más cuando ella marchó a la universidad y ya no la veía tanto. Sus pechos juveniles, sus piernas torneadas de ciclista consumada, su figura estilizada. Todo en ella me atraía irremediablemente. Dependía, sin tenerla cerca, de la imaginación para calmar mis ardores adolescentes.</p>
<p>A veces, cuando entraba en la habitación vacía que utilizó, rebuscaba en sus cajones, husmeaba entre sus apuntes del instituto y revolvía la ropa interior que no se había llevado al Colegio Mayor. Cuando encontraba un pelillo rizado atrapado en el refuerzo de las bragas o un cabello más largo por la almohada, suspiraba y, sin poder evitarlo, me excitaba mucho. Me entraban unos ardores incontenibles y tenía que correr a encerrarme al cuarto de baño para aliviarme.</p>
<p>Yo creo que estaba obsesionado con Sandra. Y eso que casi no la veía. Incluso hacía poco que me había vuelto a pelear con mis amigos cuando jugaban a imaginar el color del pelo del coño de mi hermana. Ella era mía; solo yo y mis fantasías podían imaginarla desnuda. Aún con todo, sufría con mis fantasías y me asustaba pensar que mi fijación con Sandra era una verdadera obsesión —pensaba eso sobre todo después de aliviarme—. Como no estaba a mi lado, revivía a solas en mi imaginación todos los recuerdos que tenía de ella y los tergiversaba en mi cabeza para que ella y yo acabásemos siempre igual. No sé qué habría sucedido si ella siguiese viviendo en casa. Por suerte, encontré a Marta.</p>
<p>O eso pensaba hasta anoche.</p>
<p>—¿Para qué era la servilleta?</p>
<p>—Cosas de chicas.</p>
<p>—¿La tiraste?</p>
<p>Negó con la cabeza, mirándome de reojo. Yo sé que vio en mi mirada algo más que preocupación por el medio ambiente. Se puso seria y se montó en la bicicleta de nuevo.</p>
<p>—Venga, Luis, que ya casi estamos.</p>
<p>Continuamos la marcha. Yo detrás de ella, como antes.</p>
<p>El culo de Sandra, aposentado en el sillín, captó —como no podía ser de otra forma— toda mi atención. Básicamente, solo miraba su culo. Sus nalgas contenidas en las bragas de Betty Boop, contenidas dentro de la prenda interior, ocultas bajo la falda, se mecían a cada pedaleo y sus muslos rosados surgían con cada vuelta de pedal una y otra vez. Una y otra vez.</p>
<p>Una piedra golpeó con fuerza el guardabarros trasero de la bicicleta de mamá, «Clonk». Hasta a mí me dolió.</p>
<p>Nos detuvimos de nuevo.</p>
<p>Yo no veía ninguna avería grave. En realidad, ni siquiera veía en el guardabarros donde había golpeado la piedra. Sandra examinó con detenimiento el resto de la bicicleta.</p>
<p>—¿A qué estabas, Luis?</p>
<p>Evité responderla.</p>
<p>—No veo nada raro, todo está perfecto.</p>
<p>—Sí, sí, perfecto. Mira.</p>
<p>Me señaló con el dedo varios radios de la rueda trasera. Uno de ellos estaba suelto y otros más doblados.</p>
<p>—Joder.</p>
<p>—Ya verás cuando la vea mamá.</p>
<p>—Pero se puede arreglar, ¿no? Tú la puedes arreglar. Seguro que se arregla bien fácil.</p>
<p>Sandra chasqueó varias veces la lengua.<br />
<span id="more-670"></span><br />
Me explicó que los radios de una rueda necesitan de una llave especial que no tenía. Y tampoco en casa había radios de repuesto.</p>
<p>—Lo tengo todo en la ciudad.</p>
<p>Los radios, continuó, transmiten la fuerza del pedaleo del eje hacia la llanta. Y también soportan el peso. Como un radio solo no aguantaría el peso completo de la persona, el peso se distribuye entre varios. Pero si uno estaba roto y varios doblados, la avería no importaba mucho siempre y cuando no estuviesen todos juntos, lo cual ocurría en este caso. Cuando la sección de llanta cargase con todo el peso, se corría el peligro de que se doblase. Eso incrementaría las posibilidades de que los demás radios, al soportar una tensión extra, también fallasen. El resultado sería una catástrofe total.</p>
<p>—Ha sido mala suerte —concluyó Sandra mirando el resto de la bicicleta.</p>
<p>—¿Y no puedo montar en ella?</p>
<p>Negó con la cabeza.</p>
<p>—Yo no lo haría.</p>
<p>Me senté en una porción de césped, con las piernas dobladas y apoyando la frente sobre mis piernas.</p>
<p>—Mierda, mierda, mierda.</p>
<p>—No pasa nada, Luis —Sandra se sentó a mi lado y me palmeó la espalda—. En cualquier tienda lo arreglan en un periquete.</p>
<p>—Pero si es que todo me sale mal, joder.</p>
<p>—Bueno, no desesperes. Lo de Marta no fue culpa tuya. Y tampoco lo de la bicicleta.</p>
<p>Sandra se refería a la chica con la que estaba saliendo. Esa fue la razón por la que estaba triste y mi hermana me propuso ir de paseo. Marta era vecina del pueblo y llevábamos saliendo cuatro meses. Ayer por la noche nos fuimos hasta el prado que había a la salida del pueblo. Ya lo habíamos hablado. O, por lo menos, yo tenía claro a qué íbamos. Cuando le bajé los pantalones mientras nos besábamos, me arreó un sopapo en la cara.</p>
<p>«Creí que tú no eras como el resto, Luis».</p>
<p>¿Cómo el resto? Claro que no era como el resto. Yo ni siquiera me la había follado. Como mucho, le había magreado las tetas por encima de la blusa. Y hasta ahí. Viéndolo desde fuera, creo que Marta fue muy injusta conmigo. ¿A qué va una pareja al prado por la noche? ¿A besuquearse y punto?</p>
<p>Mi hermana era la única a la que le había contado que Marta y yo nos habíamos separado. «Porque nos cansamos», respondí cuando me preguntó por qué. Papá y mamá ni siquiera sabían que hubiera tenido novia. O polvete. Bueno, ni polvete ni novia.</p>
<p>Y ahora lo de la puta bicicleta.</p>
<p>—Podemos quedarnos aquí —propuso Sandra.</p>
<p>—No, no. El mirador está al lado.</p>
<p>—Bueno, yo estaba pensando en la cueva.</p>
<p>Sandra se refería al camino que discurría por debajo del mirador, en el acantilado. Una pequeña cueva resguardada con unas grandes rocas era el final del camino. La cueva amplificaba el sonido del mar como una caracola enorme, gigantesca. Era muy bonito escuchar el sonido de las olas rugiendo. También estaba prohibido bajar abajo; el año pasado tuvieron que rescatar a unos críos que bajaron y luego, cuando se levantó marejada, casi se ahogan.</p>
<p>—¿La cueva? Pues mejor aún —me levanté más animado—. Vamos.</p>
<p>Empujamos las bicicletas uno junto al otro. Sandra me contó que hace poco, yendo por la ciudad en bicicleta, se tragó un bordillo entero. La llanta se dobló y los radios quedaron deshechos. Así sabía lo complicado que era lo mío.</p>
<p>—Pero esta llanta está perfecta. Ya verás cómo lo arreglan rápidamente.</p>
<p>Asentí no muy convencido. En el pueblo solo había una tienda de ferretería que, en la práctica, era un taller de casi cualquier cosa. Bicicletas, motos, electrodomésticos y hasta televisores. Pero dudaba que tuviesen una llave de radios.</p>
<p>—¿En que ibas pensando para tragarte esa piedra?</p>
<p>Sandra me miró de reojo. Yo no despegué la mirada del suelo.</p>
<p>—Me ibas mirando el culo, ¿no? No te preocupes, todos los ciclistas van mirando el culo de los demás. Yo también. No hay otra cosa qué mirar cuando vas acompañado. Te despistaste con mi culo, ¿a qué sí?</p>
<p>—Sí —musité.</p>
<p>—Lo sabía —Sandra se detuvo y me cogió el manillar de la bicicleta para pararme— ¿De verdad te has creído que los ciclistas solo miramos el culo de los que van delante? Y los coches, y los peatones, ¿qué? ¿No ves lo absurdo que suena eso?</p>
<p>Sí que sonaba absurdo. Igual que yo.</p>
<p>—Soy tu hermana, joder. ¡No me mires el culo!</p>
<p>—Ya, pero…</p>
<p>—¿Pero qué?</p>
<p>—Pues… nada. Pues… yo qué sé.</p>
<p>—Ahora me dirás que eres tú quien me revuelve la ropa del armario, ¿no?</p>
<p>Bajé la cabeza, incapaz de sostener su mirada.</p>
<p>—¡Uy, la hostia bendita!</p>
<p>Quise seguir adelante pero Sandra mantuvo bien quieta la bicicleta de mamá.</p>
<p>—¿Pero en qué coño estás pensando, Luis? ¿Qué te ha dado conmigo? —parecía realmente furiosa. Pero luego suspiró—. Mira, de verdad, no quiero saberlo, no quiere saberlo.</p>
<p>Seguimos adelante. Sandra tenía el cuello tenso y la mirada ceñuda. Yo pensé que, de repente, chillaría, me arrearía otro sopapo como Marta y se largaría de vuelta al pueblo.</p>
<p>Sin embargo, en silencio, atravesando los conos de luz de sol que las nubes grises esparcían aquí y allá, llegamos hasta el mirador.</p>
<p>El mar estaba en calma. La extensión verde-azulada se oscurecía en el horizonte, deshaciéndose y fundiéndose con el cielo encapotado. El salitre y la humedad parecían flotar en el ambiente y al respirar, sentías todo el aroma a mar llenándote los pulmones.</p>
<p>Dejamos las bicicletas  apoyadas sobre una escultura de piedra con forma de velero. La humedad salada había corroído la placa, tintándola de ocre y no se leía nada. Sandra se acercó a la barandilla del borde del mirador mientras yo candaba las bicicletas.</p>
<p>Me acerqué a su lado con la bolsa de la comida y las bebidas.</p>
<p>—Echaba de menos el mar, ¿sabes? Tengo varios cedés en el Colegio Mayor de música del mar. Olas rompiendo y cosas así. Pero este aroma… Este aroma, Luis, no se puede reproducir.</p>
<p>El mar era algo mágico. Supongo que es mágico para quien ha nacido con él y siempre lo ha tenido cerca. Humedad, inmensidad, sal. Yo no podría vivir sin él. Pero Sandra tuvo que renunciar al mar cuando se fue a la ciudad.</p>
<p>Me di cuenta que, al igual que no sería capaz de renunciar al mar, tampoco podría renunciar a Sandra. No quería perder nuestra amistad por una obsesión que no tenía ni pies ni cabeza.  </p>
<p>—Siento lo de antes.</p>
<p>—Da igual, Luis. Los chicos sois así. Unas pajas y todo eso. Peor sería si no hubieses sido tú el que revuelve la ropa, ¿no?</p>
<p>Me alegró que me comprendiese. Le tomé manga por hombro y pensé hablarle sobre mi obsesión. Teniéndola tan cerca, mis fantasías se tornaban algo tan disparatado como idiota. Solo era mi hermana. Y punto.</p>
<p>—Es que yo…</p>
<p>—Ven, vamos abajo —me cortó dirigiéndose hacia el camino.</p>
<p>Antes de que ocurriese lo de los críos, la cueva era visitada a menudo. Incluso habían colocado piedras grandes a modo de escalones en el camino para bajar sin resbalar hacia la cueva. Luego las quitaron. Pero los hoyos que dejaron cumplían ahora la misma función. Dejamos atrás el cartel que advertía del peligro y bajamos despacio.</p>
<p>—No vayas a caerte, ¿eh, Luis? Esto solo lo hago por ti.</p>
<p>—No mientas. Tú tienes tantas ganas como yo.</p>
<p>Sandra rió por lo bajo.</p>
<p>Se detuvo a medio camino y se volvió de nuevo hacia mí.</p>
<p>—No me estarás mirando el culo, ¿verdad?</p>
<p>—Para culos estoy yo ahora.</p>
<p>Frunció el ceño, no muy convencida.</p>
<p>—En serio, Luis. Ten cuidado. Luego me miras el culo todo lo que quieras; pero aquí no, ¿vale?</p>
<p>Asentí sin poder disimular una sonrisa tonta.</p>
<p>Bajamos sin ningún incidente hasta la cueva. Por lo visto, no éramos los primeros que desoíamos las indicaciones del cartel. Varios cartones de tetrabrik de vino y botellas de plástico se acumulaban entre las rocas lamidas por las olas. Incluso había pedazos de revistas pornográficas y algunos condones usados entre las piedras. Estaba claro que aquella cueva era el picadero estrella del pueblo. Lo que no entendía era cómo bajaban aquí de noche. Había que estar muy desesperado. O caliente. Quizá si hubiese llevado a Marta aquí anoche, ahora dejaría de ser virgen.</p>
<p>Sandra se subió a unas rocas y contempló el mar cara a cara. Levantó la cabeza y suspiró feliz.</p>
<p>Yo me entretuve sentándome sobre el suelo perlado de arena, quitando pequeños guijarros y abriendo la bolsa. Alguien, no hace mucho, había hecho un fuego y aún quedaban los restos de la hoguera. En el techo, poco más alto que nosotros, quedaban las huellas de un humo negro que ensuciaba la roca verdosa de hollín.</p>
<p>—El mar da mucha sed —comenté mientras Sandra se sentaba a mi lado y le pasaba un botellín de agua.</p>
<p>Bebió dos tragos. El agua se le escurrió por la comisura de los labios y le manchó el vestido. Me di cuenta que se había soltado el pelo y sus cabellos ondulados parecían atraer con miles de reflejos iridiscentes las luces del atardecer. Las nubes se estaban deshaciendo y el cielo se iba aclarando y oscureciendo.</p>
<p>—¿Qué pasó con Marta?</p>
<p>Lo improvisado de su pregunta me pilló fuera de juego. Tardé en responder.</p>
<p>—Nada. Pues eso, que nos cansamos.</p>
<p>Nuestras voces reverberaban en las paredes y se fundían con el arrullo del mar. Los sonidos rebotaban y se solapaban unos con otros. No me acordaba de lo mágico que era aquella cueva donde el mar parecía envolvernos con sus sonidos.</p>
<p>—Bueno, si no quieres contármelo…</p>
<p>Callé.</p>
<p>—Pero pensé que te gustaría hablar de ello. Supuse que la cueva te gustaría.</p>
<p>—Y me gusta. Me gusta mucho.</p>
<p>—Pues agradécemelo.</p>
<p>—¿Todas las chicas sois igual de cotillas?</p>
<p>Sandra se rió. Su risa se multiplicó en la cueva. Toda ella resplandecía cuando reía. Y dentro de la cueva, era aún más bella. Más guapa.</p>
<p>—No querrás que ella me cuente su versión, ¿no? —insistió.</p>
<p>Claro que no. A saber qué estaría ya contando.</p>
<p>—Pues que la metí mano y me arreó un guantazo.</p>
<p>—¡Qué fuerte! —sonrió.</p>
<p>—A mí no hizo ni pizca de gracia.</p>
<p>Dejó de reír y me estrechó a su lado.</p>
<p>—Lo siento. Es que no me imagino a mi hermano pequeño metiendo mano a una amiga. ¿Qué fueron, las tetas o el coño?</p>
<p>Tampoco yo me había imaginado que mi hermana hablase sin tapujos, nombrando tetas y coño.</p>
<p>—Le bajé los pantalones. Bueno, intenté bajárselos.</p>
<p>—¡Qué burro, Luis! ¿Y no pensaste que a lo mejor estaba con las piernas sin depilar? ¿O que estaba con la regla? Esas cosas se piensan, hombre.</p>
<p>—Pero ya lo habíamos hablado.</p>
<p>—¿Hablar qué?</p>
<p>—Pues follar.</p>
<p>Sandra rió de nuevo. Me molestó mucho porque pensaba que se reía de mí. Pero su risa, con todos los ecos envolviéndonos, sonaba muy descacharrante. No me quedó más remedio que imitarla y reír también.</p>
<p>—La dije que si queríamos ir al prado —continué.</p>
<p>—¿Y?</p>
<p>—Y ya está. Con eso está todo dicho, ¿no?</p>
<p>—Joder, Luis, eres de lo que no hay.</p>
<p>—¿A ti no te han dicho nunca «vamos al prado» y era para eso?</p>
<p>Sandra negó con la cabeza, sonriendo.</p>
<p>—Yo no lo hacía en el prado —levantó la vista hacia el techo, como si recordase—. Sí, hombre, al prado; con toda la hierba en el culo. Y con el peligro de que un cardo apareciese de repente. Y, encima, con los bichos correteando… quita, quita.</p>
<p>Visto así, parecía lógico. Incluso de tontos, vaya.</p>
<p>Nos tumbamos sobre el suelo de arena que había despejado de piedrecillas, mirando el techo, con las manos cruzadas bajo la cabeza.</p>
<p>—Yo lo hacía en la cama. Es donde más cómodo se está.</p>
<p>—Ya.</p>
<p>Mi imaginación volaba a la velocidad de la luz, imaginándome a Sandra gimiendo y retorciéndose desnuda sobre las sábanas. Tragué saliva y cerré los ojos.</p>
<p>—Pero me hubiese gustado mucho hacerlo aquí, por la noche.</p>
<p>—Sería peligroso.</p>
<p>—Por eso nunca lo hice. Pero a veces, cuando estoy en el Colegio, me imagino haciéndolo en la cueva. Sería muy bonito.</p>
<p>—¿Te masturbas?</p>
<p>—A veces. Cuando estoy sola en la habitación y las compañeras han salido por la noche. Pongo un cedé con sonidos del mar y me excito mucho. Ojalá hubiese podido hacerlo alguna vez aquí.</p>
<p>Quedamos en silencio, empapándonos del aroma salado y los sonidos del mar yendo y viniendo. Toda la cueva parecía una inmensa caracola y, si cerrabas los ojos, parecía que estuvieses rodeado de mar. Era una sensación maravillosa.</p>
<p>—Joder —continuó—. No sé qué hago hablando contigo de mis cosas. Se supone que esto era para animarte.</p>
<p>—Y estoy muy animado. Muchas gracias, Sandra.</p>
<p>—De nada —se giró hacia mí—Oye, ¿por qué me mirabas el culo? Espera, déjalo. Estoy desvariando. Olvida lo que he dicho.</p>
<p>Las palabras salieron de mi boca sin ningún obstáculo.</p>
<p>—Es que me gustas.</p>
<p>—Ya, pero soy tu hermana —repuso de inmediato, como si mi declaración no la pillase de nuevas.</p>
<p>—Bueno. ¿Y qué culpa tengo yo… si me gustas… tú? El amor es ciego, ¿no? —dije muy serio, pensando que al citar el dicho mis palabras sonaban muy maduras.</p>
<p>—No, Luis. El amor no es ciego. Por desgracia no lo es.</p>
<p>—¿Y eso?</p>
<p>—Yo qué sé. Olvida… olvida lo que he dicho.</p>
<p>Sus últimas palabras sonaron quebradas. Giré la cabeza hacia ella y descubrí lágrimas en sus ojos.</p>
<p>Había visto muchas veces llorar a Sandra. Cuando se despellejó las rodillas al caerse de la bicicleta. Cuando la suspendieron Física por copiar. Cuando mi padre la dijo que «ni hablar» de irse con las amigas de vacaciones por Europa. Pero nunca la había visto llorar así. Tenía los ojos medio cerrados y la cara sonrojada. Estaba ruborizada y sus pecas estaban muy anaranjadas. Sorbió por la nariz. Yo, no sé por qué, también dejé escapar una lágrima al verla así de triste.</p>
<p>—¿Y tú por qué lloras ahora? —musitó al girarse hacia mí.</p>
<p>Negué con la cabeza volviendo a mirar al techo. No lo sabía. Me tapé la cara con las manos.</p>
<p>—¿Sabes una cosa? —la oí—. Dicen que cuando dos lloran es porque hay… algo entre ellos.</p>
<p>—Será eso —dije levantándome y yendo hacia las rocas. No quería que Sandra me viese llorar. Pensé que, cuando se llegaba a cierta edad, los chicos ya no lloraban. Y, si lloraban, era solo por hacerse los sentimentales.</p>
<p>Yo no sabía por qué lloraba. Fue solo que me entristeció mucho ver llorar a mi hermana.</p>
<p>Sandra acudió junto a mí por la espalda y me abrazó por el cuello.</p>
<p>—Tú no llores, ¿eh? Las que lloran somos nosotras.</p>
<p>Me di la vuelta y la abracé con todas mis fuerzas. Estuvimos así, sin hablar, unos minutos. Solo abrazándonos. Su cuerpo junto al mío. Su calor calentando el mío. Ella lloró más y más, hundiendo la cara en mi cuello. Sentía sus lágrimas empapándome la piel. Me abrazaba muy fuerte y yo también la abrazaba muy fuerte. Yo contuve mi llanto a duras penas, obedeciéndola. La sentía estremecerse muy cerca de mí. Sus pechos subían y bajaban aplastados contra mí.</p>
<p>—Mierda, Luis —se apartó de repente, mirándome a los ojos— ¿No ves que esto no puede ser?</p>
<p>Yo no dije nada. Mi silencio para molestarla.</p>
<p>—Esto ha sido una mala idea —resolvió con tono cortante—. Venga, vamos para arriba. Además, está anocheciendo.</p>
<p>—¿Y los bocadillos?</p>
<p>—¡Que le den por culo a los bocadillos! —gritó de repente para luego agacharse para coger la bolsa, cerrarla con un nudo y coger carrerilla para tirarla al mar— ¡Puta cueva de las narices!</p>
<p>Se encaminó hacia el camino, de vuelta al mirador, con paso rápido.</p>
<p>La cogí de la mano para detenerla.</p>
<p>—¡Suelta, hostias!</p>
<p>No la solté. Tiré de ella para tenerla frente a mí. «Mírame», murmuré.</p>
<p>Me miró furiosa, con la rabia concentrada en el ceño fruncido y los ojos entornados. Incluso enfadada, con los párpados aún húmedos, y el ceño fruncido, me seguía pareciendo un ángel.</p>
<p>Y la besé en los labios. Sabían a sal. Estaban ardiendo y eran muy blandos.</p>
<p>Me empujó al suelo con un grito. Trastabillé pero, perdido el equilibrio, saboreados sus labios, me dejé caer. Estaba atontado. Había besado a un ángel. ¿Qué importaba todo ya?</p>
<p>Casi me abro la cabeza. Fue un milagro. El extremo afilado de una roca me rozó una oreja. Sandra se tapó la boca con las manos mientras abría los ojos. Dejó escapar un gemido sordo. Había estado a punto de matarme, quizá.</p>
<p>Se arrodilló de inmediato sobre mí, cogiéndome de los hombros, apartándome de la roca.</p>
<p>—Perdóname, Luis, perdóname.</p>
<p>Me dio besos por toda la cara, como dando gracias a Dios que siguiera vivo. Me abrazó con fuerza y me estrechó sobre ella. Volvió a llorar, con más fuerza si cabe, y su pecho se estremeció contra el mío. Me sujetaba con tanta fuerza que ya podría haber llegado la ola más asesina que ella y yo seguiríamos juntos.</p>
<p>Y luego me besó en los labios.</p>
<p>Sus labios seguían sabiendo a sal. Pero, esta vez, bajó el puente levadizo de su boca. Su lengua se internó en mi boca y mi lengua en la suya. También ellas se abrazaron. Me recosté en la arena y Sandra se tumbó sobre mí. La arena en aquella parte era más gruesa y húmeda y pronto noté mi espalda mojada. Pero el resto de mi cuerpo estaba tan caliente, tan feliz, que aún no sabía muy bien donde colocar las manos. Las tenía suspendidas en el aire, como una marioneta. Quizá me sintiese nube y me creyese tan ligero como ellas. Dicen que cuando eres muy feliz parece como si flotases. Así me sentía yo: ligero, especial. Levitaba en el aire y, seguramente, porque un ángel me sujetaba abrazado, aún continuaba el resto de mi cuerpo sobre la arena.</p>
<p>—¿Me perdonas? —murmuró rozando con sus labios los míos. Su aliento era candente, en contraste con la tibieza húmeda de la espalda.</p>
<p>—Claro.</p>
<p>Nos sentamos sobre la arena, en el mismo lugar que antes habíamos ocupado.</p>
<p>—Mierda, Luis, la camiseta.</p>
<p>—Solo está mojada.</p>
<p>—Quítatela, está empapada.</p>
<p>Me ayudó a quitármela. La tela fina y húmeda se había adherido a la espalda. Creí notar el suave aleteo de sus labios sobre mi piel. Quizá fueron sus dedos. O quizá el roce de su pelo. O quizá sus alas…</p>
<p>—Júramelo.</p>
<p>—Te lo juro.</p>
<p>Sandra rió. Volver a oír su risa me cautivó.</p>
<p>—¡Pero si no sabes porqué juras, tonto, si no te lo he dicho!</p>
<p>—Pero yo te lo juro —insistí, acercándome a ella.</p>
<p>Sandra no me rehuyó. Junté mi costado desnudo con su costado. Nuestros brazos quedaron muy juntos. Como no le había dejado otra opción, lo pasó alrededor de mi espalda. Yo sentí como uno de sus pechos, mejor dicho, una de las copas de su sujetador, se apretaba contra mí. Quizá ella no lo notara. Pero yo sí.</p>
<p>Yo sí.</p>
<p>—Esto debe quedar entre nosotros, ¿está claro?</p>
<p>—Clarísimo.</p>
<p>—Hablo en serio, Luis. Ni una palabra. Tus amigos ni deben sospecharlo, ¿entendido? Y, por supuesto, papá y mamá…</p>
<p>—Lo juro. Pero no te preocupes, Sandra. Con lo que pasó anoche, seré el hazmerreír del pueblo una temporada.</p>
<p>Mi hermana sonrió.</p>
<p>—Me llegas a llevarme al prado a meterme mano y no sé lo que te hago.</p>
<p>Apretó el brazo y me atrajo sobre ella. Me plantó un beso en el pelo.</p>
<p>—De todas formas, te marcharás en unos días —comenté—. Cuando te vayas, todo se olvidará.</p>
<p>Hablaba por ella. Yo jamás olvidaría el sabor de su boca.</p>
<p>Sandra no respondió. Me soltó, emitió un suspiro largo y luego se levantó y caminó hacia las rocas. Miró de reojo la que casi me abre la cabeza y chasqueó la lengua.</p>
<p>—¿Acaso tú lo olvidarás?</p>
<p>—No, claro que no.</p>
<p>Deslizó los dedos sobre la superficie verdina de una roca. Nuestro silencio permitió que el ruido del mar volviese a inundar toda la cueva, reverberando los sonidos. Como si de una catedral se tratase.</p>
<p>En clase de Historia, el profesor dijo que las catedrales estaban construidas para que los sonidos rebotaran y se amplificaran. Sonaban más graves, más potentes. Sobrecogía su inmensidad sonora y parecía ser más amplia. El fervor religioso parecía materializarse en forma de sonidos. En ese momento me di cuenta que la cueva funcionaba de la misma forma. Los sonidos reverberaban una y otra vez, dando la impresión de ser un espacio más grande. Un espacio enorme, grandioso, donde los sentimientos que había entre nosotros parecían tomar forma.</p>
<p>—¿Me estás mirando el culo?</p>
<p>—Tú me diste permiso, ¿verdad?</p>
<p>—Menudo cabrón.</p>
<p>Me miró de espaldas con una sonrisa y se mordió la lengua a la vez que se levantaba la falda en un gesto coqueto. Betty Boop se apareció estampada sobre una de las nalgas de mi hermana. Uno de los elásticos estaba internado dentro de la confluencia de nalgas y su piel rosada y tersa exhibía las marcas de la arena como una impresión indeleble. Con lentitud calculada, internó uno de los dedos dentro del elástico y fue colocando la braga simétricamente con la otra nalga. «Pat» sonó el elástico al golpear el culo cuando lo soltó. Sandra me miraba con la punta de la lengua mordida, mostrando una sonrisa traviesa, pícara. Disfrutaba de mi arrobo tanto como yo de su desvergüenza. Soltó su falda y pareció un telón cayendo. También ella pensó lo mismo:</p>
<p>—Fin de la función.</p>
<p>Me siguió mirando, ya desprovista de su cara la sonrisa juguetona. Sus ojos volvieron a ensombrecerse. Era algo tan… no sé. Era algo mágico el que su cara mostrase las dos caras de la moneda una junto a la otra. Felicidad y tristeza. Travesura y opresión. Cara y cruz. Sandra se volvió de espaldas para mirar al mar.</p>
<p>Me levanté y me acerqué a ella. La abracé por la cintura, pegado a su espalda. Interné mi cara entre sus cabellos de color fuego. También olían a mar y, mullido bajo sus mechones, el calor de su cuello me entibiaba las mejillas.</p>
<p>—Tú sabes que esto no puede ser, ¿verdad? —murmuró. Quizá hablaba con el mar. Yo me apreté más fuerte a ella como respuesta. Me daba igual si podía ser o no podía ser. ¿Qué más daba? Era, y punto.</p>
<p>Mis manos la estrecharon fuerte y las deslicé sobre su vientre, volviéndola a abrazar. Quería tocarla, sentir su piel contra la mía. Sandra se dejó hacer. Incluso, tras unos instantes, posó sus manos sobre las mías. La tela de su vestido separaba nuestras manos. También la tela de su vestido era fina porque sentía el calor de su vientre sobre mis dedos mientras me acariciaba con suaves roces mis nudillos y el dorso de mi mano.</p>
<p>La tela era fina. Pero nos separaba como un muro. Y, aún así, nuestro calor, indiferente a barreras, traspasaba la tela y era compartido.</p>
<p>—Qué voy a hacer contigo —susurró mirando al mar. Y sus palabras sonaron a lamento. A derrota. A situación insalvable. A imposibilidad.</p>
<p>—Nada —respondí hablándole a su cabello—. No hay que hacer nada.</p>
<p> —¿Nada dices? Luis, somos hermanos, joder. Tendría que darte de hostias hasta quitarte la idea de la cabeza. Hacerte olvidar a base de golpes todo esto.</p>
<p>Y sus dedos, delicadamente, seguían surcando mis dedos, ajenos a las duras palabras que pronunciaba.</p>
<p>—¿Y por qué no lo haces? —musité.</p>
<p>Sandra tardó unos segundos en responder. Como si quisiera tragarse sus palabras de respuesta. De modo que, cuando salieron, fueron muchas y repetidas.</p>
<p>—Porque no quiero. Porque no quiero. Porque no quiero.</p>
<p>Se volvió hacia mí, despacio, sin romper el abrazo que nos unía.</p>
<p>—¿Me prometes algo?</p>
<p>—Vale.</p>
<p>Sandra rió de nuevo acariciándome el pelo. Yo tenía mi cara apoyada en su cuello y mis labios besaban suavemente su piel.</p>
<p>—Juras igual que prometes: sin saber. ¿Tan seguro estás de cumplir?</p>
<p>—Claro.</p>
<p>—Eres tonto, Luis.</p>
<p>—Sí —coincidí mientras bajaba la cremallera trasera de su vestido. Removió los brazos para poder despojarse de los tirantes. Su cabello suelto pelirrojo parecía atraer los pocos rayos de sol del crepúsculo, incendiándose como llamas onduladas. Su piel rosada, surcada de pecas, brillaba. Sus pechos, escondidos tras el sujetador de tono azulado pastel, se henchían a cada respiración pausada. Mis labios buscaron todas sus pecas, internándose alrededor de sus hombros, entre sus pechos y en la suave pelusilla que descendía hacia el ombligo. El vestido cayó al suelo y mi hermana, algo cohibida, me atrajo hacia sí para que no demorase mi mirada embelesada sobre su cuerpo de ángel.</p>
<p>—Qué hacemos, qué hacemos —susurró mientras sus manos recorrían mi espalda. Sus dedos se afanaban en buscar mi piel, en arañar mi piel, en besar mi piel.</p>
<p>Caímos arrodillados sobre la arena. Mientras nos mirábamos a los ojos, busqué a su espalda el cierre del sujetador. Se ocultó los pechos desnudos con los dos brazos cuando me separé para admirar su belleza.</p>
<p>—Para dársete tan mal las citas nocturnas, pareces experto en quitar sostenes.</p>
<p>—Es que he practicado con los que te dejaste en el pueblo.</p>
<p>La abracé con arrobo mientras seguía manteniendo aquella postura vergonzosa, ocultando sus pechos. Me encantaba sentir su piel estremeciéndose bajo mis caricias. Su espalda entera, desnuda y suave, me parecía lo más bonito que mis manos había tocado jamás. Su tibieza me fascinaba. Cuando me devolvió el abrazo y sentí sus pechos sobre el mío, gemí extasiado. Sandra también soltó un gemido en respuesta.</p>
<p>Nos besamos con frenesí. Quizá antes buscábamos, al juntar nuestros labios, un signo de comprensión, de suave delicadeza. Ahora la pasión nos enfebrecía; nuestras bocas se abrían desesperadas, lamiendo y chupando. Sonreíamos dichosos cuando nuestros dientes se afanaban en mordisquear el labio inferior del otro y nuestros ojos se achinaban gozosos, disfrutando de la excitación de la saliva ajena.</p>
<p>Nuestros pechos se restregaban uno contra el otro, coincidiendo al inspirar con desorden o amoldándose cuando jadeábamos soltando el aire con placer. Mis manos recorrieron su talle y ascendieron hacia las tetas. El tacto y la consistencia me fascinaron nuevamente. Sus pezones eran dos protuberancias enrojecidas e inflamadas. Cuando pellizqué con una sonrisa malvada ambos a la vez, Sandra rió apartando mis manos.</p>
<p>—¡Me haces cosquillas!</p>
<p>Su risa me catapultó al éxtasis. Verla únicamente vestida con las bragas, arrodillada frente a mí, ofreciéndome su cuerpo casi desnudo, me volvió loco. Loco de su amor, loco de su risa, loco de sus labios, loco de sus pechos, loco de remate.</p>
<p>La tumbé sobre la arena y le quité las bragas amarillas. Betty Boop se arremangó y despareció tras sobrepasar sus zapatillas. Llamas doradas surgieron de entre sus piernas, como un fuego puro y luminoso que absorbía toda mi atención. Sus muslos rosados se estremecieron cuando juntó las piernas en un gesto de cautivadora timidez. Incluso la piel tirante de sus rodillas, donde líneas blanquecinas señalaban las cicatrices de sus caídas con la bicicleta, me resultaron irresistibles. Besé sus rodillas, apreciando el fuerte aroma que surgía de más abajo, donde breves mechones de vello púbico rojizos asomaban en la confluencia de sus muslos.</p>
<p>Sandra alzó los brazos en el aire hacia mí. Abrió sus piernas y su cuerpo entero me acogió con entera disposición. Nos besamos nuevamente como si el mundo se fuese a terminar un segundo después. Rodamos por la arena alejándonos de la humedad cercana a las rocas, dentro de la cueva donde el ruido del mar ya no reverberaba sino nuestros jadeos y risillas, nuestros gemidos y susurros amplificados hasta el infinito.</p>
<p>Acabamos ella encima de mí. Mis manos, al friccionar su espalda y sus nalgas temblorosas, su cabello y sus caderas, la despojaba también de la arena que tenía adherida sobre su piel, al igual que hacía ella.</p>
<p>Con una media sonrisa traviesa, se arrodilló a un lado y me desabrochó el cierre de los pantalones. Me quitó los calzoncillos a la vez y, cuando me hubo dejado también desnudo, se levantó hacendosa para sacudir y dejar nuestras ropas húmedas tiradas por la arena bien estiradas sobre las rocas. Tirado en la arena de la cueva, viéndola caminar desnuda, admirando su escultórico cuerpo, me incendió la libido más de lo que pude soportar.</p>
<p>Me levanté con un grito hacia ella y Sandra exhaló un chillido de sorpresa cuando la abracé por la espalda, sujetando sus pechos y su vientre. Mi pene endurecido se acomodó entre sus nalgas mientras con mi boca apartaba su cabello a un lado, buscando la fina y delicada piel de su cuello para regarla de besos y lametones. Mis manos estrujaron sus tetas y se internaron en la suave pilosidad que brotaba de entre sus piernas. Sandra gimió placentera al sentirse sujeta y excitada. Lo notaba en su cuerpo estremeciéndose bajo mis dedos. En su respiración entrecortada. En sus piernas temblorosas. En su hendidura femenina de la que brotaba magma incandescente que humedecía mis dedos. En sus gemidos que se multiplicaban cientos de veces, miles de veces, dentro de la cueva.</p>
<p>Cuando uno de mis dedos se internó en su interior, un espasmo recorrió su cuerpo entero y tuve que sujetarla firmemente para que no se me fuera al suelo. De todas formas, caímos al poco de nuevo sobre la arena. Sandra abrió las piernas para facilitarme la penetración con el dedo mientras su excitación le llevaba a alzar el pecho muy alto y doblar la espalda en un arco tenso, imposible. De sus párpados cerrados brotaban lágrimas y sus labios exhalaban el aire entre sus dientes apretados. Escarbaba y chapoteaba en su interior con delicada rudeza.</p>
<p>—Para, por Dios, para —gimió enganchándome del cuello y atrayéndome sobre su pecho.</p>
<p>Saqué el dedo de su interior y, al instante, me separó de ella para mirarme a los ojos, con la cara enrojecida y el deseo brotando de sus ojos. Su ceño fruncido y el mentón arrugado me sobrecogieron.</p>
<p>—¿Por qué paras?</p>
<p>—Pero…</p>
<p>—Sigue, maldita sea, ¡sigue, por Dios!</p>
<p>Volví de nuevo a internar el dedo en su líquido interior. Abrasaba. Un suspiro de satisfacción resonó por toda la cueva. Mi pulgar amasó el suave vello circundante y la dura protuberancia del clítoris. Sandra me tenía muy doblado sobre ella, con la cara enterrada entre sus pechos mientras se deshacía abajo. Cuando alcanzó el orgasmo, su cuerpo entero se estremeció y vibró como si una descarga eléctrica la recorriese entera. Jadeó impotente, dejándose llevar por el placer. Breves sacudidas se sucedieron, como ecos del orgasmo todavía reverberando dentro de su cuerpo.</p>
<p>Me recosté junto a ella. Recuperamos la respiración y dimos un descanso merecido a nuestros corazones. Al inclinar la cabeza y verme la polla, un líquido brillante y transparente brotaba de la punta y se enganchaba a mi vientre por medio de un filamento viscoso.</p>
<p>Sandra, con la sonrisa demudada de su cara, se giró hacia mí y me planto un beso en la comisura de los labios. Su mirada reflejaba tensión, excitación satisfecha, deseo consumado. Pero también complacencia, gratitud. Sus ojos brillaban como dos esmeraldas acuosas, con las pupilas abiertas, muy grandes, como si quisiera captar todo detalle de los rasgos de mi cara.</p>
<p>Achinó de repente sus ojos y a sus labios asomó una sonrisa pícara. Al mismo tiempo, sentí como sus dedos empuñaban mi garrote, apartando el vello púbico. Un pulgar trazó suaves círculos por el glande pringoso. Gemí paralizado, mirando a mi hermana exhibir un gesto travieso. Se mordió el labio inferior mientras deslizaba su mano por mi pene. Chasquidos procedentes de la humedad al ser friccionada con mi prepucio resonaron suaves, casi inaudibles entre mis lamentos. El rumor de las olas envolvía mi desesperación mientras nos mirábamos fijamente. Sandra sonreía y se humedecía los labios con su lengua vivaz mientras continuaba masturbándome, imprimiendo un ritmo lento que a veces tornaba agresivo, deleitándose con el reflejo de mi excitación en la cara.</p>
<p>Cuando se agachó para tomar con su boca mi pene, creí morirme del placer que me embargó. Sus labios esponjosos apresaron el glande y su lengua recorrió la superficie entera de mi polla, lamiendo y succionando. Enterré mis dedos crispados en la arena y comencé a sentir la arrolladora necesidad del orgasmo. Ansiaba dejar escapar toda aquella angustia y desazón concentradas en mi miembro. Sus dedos apretaban el tallo mientras su boca chupaba y besaba el glande, arrancando lúbricos chasquidos que se superponían a mis gemidos y lamentos. Cuando contraje mi vientre, incapaz de soportar más placer, eyaculé con fuerza. La increíble sensación de sus dedos apresando mi polla y su boca sorbiendo mi néctar fue tan placentera como estremecedora. Me vacié por completo, sintiendo como todo mi placer era degustado y tragado. Grité emocionado y embargado por el placer más absoluto.</p>
<p>Sandra se estiró junto a mí, abrazando mi cuerpo y pasando una pierna entre las mías. Abracé su cuerpo caliente con mis manos manchadas de arena. Su cabeza se apoyaba en mi cuello y yo sentía su corazón latir con fuerza desmesurada junto al mío.</p>
<p>A medida que transcurría el tiempo, viendo como el anochecer se adueñaba del cielo y el rumor de las olas acompañaba nuestras respiraciones y suspiros, seguía sin asimilar lo ocurrido entre Sandra y yo. ¿De verdad había sucedido?</p>
<p>Un sonido familiar junto a las rocas captó mi atención.</p>
<p>—¿Tienes hambre?</p>
<p>Sandra me miró sin comprender.</p>
<p>Me levanté y, desnudo, rebusqué entre las rocas hasta dar con la fuente del sonido que había oído.</p>
<p>Alcé la bolsa con los bocadillos y las bebidas para que la viera.</p>
<p>Sandra rió y dio palmadas, contentísima.</p>
<p>—Bendito sea el mar —dije cuando me senté a su lado.</p>
<p>La bolsa seguía cerrada, tal y como Sandra la había dejado antes de lanzarla al mar. Los bocadillos envueltos en papel de aluminio y los botellines de agua seguían secos. Quizá, por haberla cerrado con aire en el interior, había flotado en la superficie, arrastrándola de nuevo a las rocas.</p>
<p>Sandra me dio varios besos en los labios.</p>
<p>En la cueva, una suave temperatura nos envolvía aun habiéndose ennegrecido el cielo. Mientras comíamos el bocadillo, sentados sobre la arena, despreocupadamente desnudos, Sandra me recordó mi promesa.</p>
<p>—No sé qué te prometí.</p>
<p>—Pues que no me olvidarás cuando marche.</p>
<p>—Eso no podría hacerlo ni aunque quisiera.</p>
<p>Sandra masticó mirándome y se ayudó con un sorbo de agua para tragar.</p>
<p>—Te dejaré ropa interior nueva.</p>
<p>Negué con la cabeza, sonriendo.</p>
<p>—¿Quién quiere fantasías cuando ya tengo recuerdos?</p>
<p>Sandra me miró fijamente y luego meneó la cabeza con una sonrisa.</p>
<p>—Bien dicho.</p>
<p>****</p>
<p>####</p>
<p>****</p>
<p>Ginés Linares</p>
<p>****</p>
<p>****</p>
<p>Si lo has pasado bien leyendo este relato, dilo a través de un comentario o un email. Si no te ha gustado, dime porqué (tengo la sana costumbre de querer mejorar). Si te he aburrido, puedes marcharte sin hacer nada. Y ya lo siento.</p>
<p>El aburrimiento es la suprema expresión de la indiferencia, René Trossero.</p>
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		<title>Viciosa</title>
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		<pubDate>Mon, 02 Apr 2012 09:11:39 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Hermanita viciosa Una jovencita morbosilla y viciosa provoca y seduce a su hermano consiguiendo que éste se lance sobre ella para acabar los dos follando y haciendo las mayores guarradas sobre el lecho del muchacho… Winding’ your way down on Baker Street light in your head and dead on your feet well another crazy day [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Hermanita viciosa</p>
<p>Una jovencita morbosilla y viciosa provoca y seduce a su hermano consiguiendo que éste se lance sobre ella para acabar los dos follando y haciendo las mayores guarradas sobre el lecho del muchacho…</p>
<p>Winding’ your way down on Baker Street</p>
<p>light in your head and dead on your feet</p>
<p>well another crazy day</p>
<p>you’ll drink the night away</p>
<p>and forget about everything.</p>
<p>This city desert makes you feel so cold</p>
<p>It’s got so many people but it’s got no soul</p>
<p>and it’s taking you so long</p>
<p>to find out you were wrong</p>
<p>when you thought it had everything.</p>
<p>You used to think that it was so easy</p>
<p>you used to say that it was so easy</p>
<p>but you’re tryin’</p>
<p>you’re tryin’ now.</p>
<p>Another year and then you’ll be happy</p>
<p>just one more year and then you’ll be happy</p>
<p>but you’re cryin’</p>
<p>you’re cryin’ now…</p>
<p>Baker Street, GERRY RAFFERTY</p>
<p>Soy Miriam y tengo 18 años cumplidos hace apenas cuatro meses. Lo que voy a contar, mis queridos morbosos, ocurrió hace dos años cuando yo contaba con 18 añitos, la flor de la vida. Vivo en Madrid con mi familia, aunque ya hace seis que mi hermano Roberto se marchó a un cuartel militar. Entonces él tenía diecinueve años y yo doce. Siempre hemos tenido una buenísima relación, nos queremos mucho. Pero es algo normal, un amor entre dos hermanos. Roberto trabaja en un cuartel militar por la sierra pero cada fin de semana viene a casa a comer la buena comida de mamá, descansar y salir con sus amigos.</p>
<p>Por supuesto que también pasamos largo tiempo juntos. Salimos al cine, a pasear, con sus amigos, e incluso los sábados por la noche salimos juntos de fiesta, así yo aprovecho que mi hermano está conmigo para poder divertirme un rato con mis amigas. Después volvemos juntos a casa en su coche, todo controlado. Pero la verdad, a mis 18 años, yo había empezado a fijarme en mi hermano. Tiene un buen polvo.</p>
<p>Es de complexión delgada pero está muy fuerte ya que hace mucho ejercicio en el cuartel para estar en forma. Su pelo es moreno y corto y su piel morena también. Sus ojos marrones y penetrantes y su barba de dos días, cuando la lleva, me ponen loca. Mide 1,77 y sus brazos y espalda tan fuertes son como el mejor de mis sueños eróticos. Tengo que decir que yo soy una niña bastante guarra y viciosa. No me avergüenzo de ello, al contrario, me encanta serlo. Mido 1,63, mi pelo es castaño claro y soy de complexión normal, vamos que tengo carne donde agarrar.</p>
<p>Mi hermano siempre me dice que le encantan mis ojos verdosos y que aún tengo cara de niña buena. Y sobre todo dice que nunca dejará que ningún desgraciado me toque. Pensaba mucho en esa frase, porque yo también deseaba ser solo suya. Así los fines de semana se convirtieron en lo mejor de la semana. Solo deseaba que llegase el viernes por la tarde para ver el utilitario de mi hermano aparcar enfrente de casa y ver como bajaba de él. Tiene algo especial. Puede que sea esa voz tan masculina, o ese acento extremeño, o su forma de ser tan abierta y despreocupada. O la forma de sonreír o de mirar. Lo que tengo clarísimo es que mi hermano me pone cachondísima cuando fuma. Solo ver cómo se coloca un piti en la boca y lo enciende, me sube un calor por dentro que es inaguantable y solo deseo tirarme sobre él.</p>
<p>Un sábado por la noche, nuestros padres se marcharon a cenar fuera dejándonos solos en casa. “Haz caso a lo que te diga Roberto y vete pronto a dormir” decía mamá mientras me daba un beso en la mejilla y cerraba la puerta para irse con papá a cenar. En mi cabeza solo volaban fantasías con mi hermano esa noche, pero sólo eran eso, fantasías…</p>
<p>Me dirigía hacia la ducha pero me detuve a observar qué hacía mi hermano en su habitación. Llevaba un bóxer ajustado de color azul. Sentado frente a su ordenador, chateaba, sonreía y fumaba. Fumaba. ¡Oh sí, mi hermano en bóxers fumando en su habitación! Me creé tales fantasías que me fui a la ducha corriendo. Toqué mi joven cuerpo chorreante del agua de la ducha. Lo toqué imaginando que eran las grandes manos de mi hermano. Toqué mis pequeños pechos, retorcí mis rosados pezones en un gemido de placer, recorrí con las yemas de mis dedos mi vientre hasta llegar a mi meta. Mi tierno coño estaba ya muy húmedo y excitado. Deseaba a mi hermano y lo deseaba ahora. No aguantaba más. Pero viendo que él no entraría por la puerta y terminaría lo que había empezado, acabé yo con mi faena cayendo en una gran corrida que me dejó de lo más relajada. Tuve que contener mis gritos, pero aún así creo que mi hermano debió oír algo. Tampoco me importaba mucho.</p>
<p>Cuando terminé de ducharme, me puse unos shorts ajustados marcando todo mi culo y una camiseta de tirantes sin sujetador para que mis pezones se notaran por debajo de ésta. Quería calentar a mi hermano, tanto como él me había calentado a mí. De tal guisa entré en su habitación.</p>
<p>Hola Roberto ¿qué haces?</p>
<p>Hola hermanita, nada aquí fumándome un cigarrito. ¿Te apetece salir esta noche? A mí la verdad es que no pero si quieres yo te llevo, ¿vale nena?</p>
<p>No, a mí tampoco me apetece. Prefiero quedarme aquí haciéndote compañía.</p>
<p>¿Sí? Me gustaría que pasáramos más tiempo juntos cariño, pero ya sabes que el cuartel está lejos de casa y no puedo venir cada día. Aunque sabes que si por mi fuera estaría aquí cada día pa ver a mi hermanita.</p>
<p>Jaja qué pelota eres. Yo también te quiero mucho. ¿Sabes qué?</p>
<p>Dime.</p>
<p>Me gusta verte cuando fumas.</p>
<p>Jaja ¿en serio? ¿y eso por qué? Todos fumamos igual ¿no?</p>
<p>No, tú tienes una forma especial que te hace interesante -no creía lo que estaba diciendo, mis mejillas empezaron a sonrojarse-.</p>
<p>Vaya, gracias nena. ¿Sabes que tú últimamente has crecido mucho? Seguro que tienes a todos los niños locos.</p>
<p>No te creas. No me gustan los niños de mi edad, los prefiero mayores.</p>
<p>Vaya con la niña, ¡y parecía tonta! Jaja</p>
<p>¡Oye no te pases eh! Le tiré un cojín a la cara y empezamos una lucha de almohadas como cuando éramos pequeños.</p>
<p>Él acabó ganándome como hacía siempre, dejándome tendida sobre su cama y sentado casi sobre mí. Entonces clavó sus ojos en los míos y nos quedamos así por unos segundos. Mil cosas pasaron por mi mente ¿le beso? ¿me aparto? ¿cierro los ojos y que pase lo que tenga que pasar? ¿qué estará pensando? ¿qué significa esto? ¿por qué no se ha apartado ya?</p>
<p>Pero entonces, Roberto cerró los ojos como despertando de un sueño y haciendo un movimiento de cabeza, como si así pudiese sacarse de la mente lo que acababa de ocurrir, se levantó y se sentó en el borde de la cama. Encendió un cigarrillo y fumó. Yo le observaba en silencio. No tenía palabras para lo que había pasado. Se pasó las manos por la cara y me miró en un largo suspiro. Yo yacía sobre su cama aún sonrojada y excitada. Nos miramos.</p>
<p>Lo siento Miriam, no sé qué ha pasado. ¿Ves como siempre debes llevar cuidado con los hombres? Si un día te pasase algo, no me lo perdonaría nunca. Será mejor que olvidemos todo esto y sobre todo, que quede entre nosotros.</p>
<p>Le sonreí con complicidad, disimulando el tremendo calentón que llevaba. Le besé en la mejilla y salí de su habitación. Mis braguitas se habían mojado. ¡Qué cachonda que me pone mi hermano, joder! Esto no quedará así- pensé.</p>
<p>Pero ya estaba cansada de lo que echaban en la tele un sábado por la noche, así que decidí irme a dormir. En el pasillo me sorprendió mi hermano, camino de mi cuarto. Salía del suyo.</p>
<p>¿Ya vas pa la cama pequeña?</p>
<p>Sí, estoy ya cansada pero aún tengo fuerzas para charlar un rato contigo o para otra pelea de almohadas… quiero la venganza -le dije mirándole con cara de pilla y mordiéndome el labio inferior.</p>
<p>¿Venganza? ¡Pero si yo de un golpe de almohada te tiro al suelo muchachita!</p>
<p>¿Eso crees?</p>
<p>¿Lo probamos?</p>
<p>Y entonces me cogió del brazo y, metiéndome a su dormitorio, me tiró en la cama. No me lo esperaba pero la verdad es que me encantó. Empezó a pegarme con la almohada. Los dos reíamos sin parar.</p>
<p>¡Jajaja… para Roberto ya no aguanto más, me doy por vencida!</p>
<p>No, yo aún no estoy satisfecho.</p>
<p>Empezó a hacerme cosquillas por todo el cuerpo. Sin poder aguantarme, me retorcía de la risa. Siempre lo pasábamos tan bien juntos… De repente paró y me miró fijamente. Otra vez esos ojos penetrantes mirándome con instinto animal. En silencio acarició con sus dedos mis mejillas, mi cabello, mis cejas, mis labios, mi nariz, mi cuello… Dios, ¿qué tienen esas manos?- pensaba yo.</p>
<p>Bueno ya es tarde. Mejor que vayas a tu cama, no vaya a ser que papá y mamá lleguen y nos pillen aquí, ¿no?</p>
<p>¿Qué hay de malo en dos hermanos que duermen juntos?</p>
<p>Pues también es verdad.</p>
<p>¿Puedo quedarme a dormir aquí esta noche? Es que en mi cuarto ya sabes que no tengo aire acondicionado y me muero de calor.</p>
<p>Claro nena, hace años que no dormimos juntos y me encanta ver como mi hermanita se duerme plácidamente.</p>
<p>Voy a ponerme el pijama, ahora vengo.</p>
<p>Le sonreí y salí. Enseguida llegué descalza y con mi cortísimo camisón de color azul cielo. Es de tirantes muy finos y el borde del camisón es de encaje azul también. Además su tela es muy fina, y marca mis pezoncitos. Es tan corto que por poco no tapa mi gran culo. Es redondo y hace un precioso triángulo con mis muslos. Al ser tan corto, alarga las piernas y queda bastante bien. Así me presenté en el cuarto de mi hermano. Él tumbado sobre la cama fumaba un cigarro y cuando entré me miró fijamente con ojos de no creer que esa fuera su hermanita. Me acerqué a la cama sin mirarle a la cara, no me atrevía. Notaba mis mejillas ardiendo al notar sus ojos clavados en mí.</p>
<p>Qué guapa estás nena.</p>
<p>No, solo soy una niña.</p>
<p>Sonreí tímidamente y me metí entre sus sábanas. Él hizo lo mismo. Yo me giré de medio lado y Roberto me acercó hacia él con sus fuertes brazos. Así nos quedamos. Abrazados. El silencio inundaba la habitación y a mí me inundaban las dudas de la situación. Pero pensé que lo mejor sería no pensar demasiado y disfrutar de los momentos junto a mi hermano. De pronto noté algo muy duro rozando mi culo. Era el tremendo paquete de mi hermano, aprisionado en esos bóxers azules. Roberto aún estaba despierto pero no hizo nada al respecto. Solo continuó abrazado a mí. Me estaba poniendo tan cachonda que preferí cerrar los ojos y dormirme así sintiendo su durísima polla presionando mi apretado culo.</p>
<p>Buenas noches, princesa.</p>
<p>Buenas noches, Roberto.</p>
<p>Me apartó el pelo de la cara echándomelo hacia atrás y me dio un beso en la mejilla. Sentía que estaba a las puertas del cielo. Quería que ese momento fuera eterno, que se parase el tiempo y que no existiera nadie más en el mundo que nosotros dos abrazados.</p>
<p>A la mañana siguiente desperté pegada a mi hermano que aún dormía. Le observé, su pecho desnudo y destapado de sábanas. Su cara reflejaba felicidad y descanso, sus párpados yacían cerrados. Me dieron unas ganas locas de besarle pero me contuve. Por cierto, iba a despertarse con tremendo empalme. Su miembro volvía a ponerse duro como una piedra, como la noche anterior. Imaginé lo que podría estar soñando y me hubiera gustado formar parte de sus sueños. Me levanté de la cama y fui al comedor para ver si estaban mis padres pero no, no estaban. Leí una nota con la letra de mamá sobre la mesa del comedor: “Nos vamos con los tíos de Getafe a pasar el día. Volveremos por la tarde, llamadme si necesitáis algo. Portaos bien. Un beso, mamá”.<br />
<span id="more-668"></span><br />
Esa nota me alegró la mañana. Pasaría el día junto a mi hermano, solos en casa. Iba a aprovecharlo al máximo. Fui al baño y me pegué una refrescante ducha. Me peiné y me puse guapa. En mi habitación me puse un mini vestido de tirantes con escote, que me regaló Roberto por mi cumple. Decía que le gustaba mucho como me quedaba.</p>
<p>Buenos días Miriam, ¿dormiste bien? –lo encontré en la cama desperezándose.</p>
<p>La verdad es que hacía tiempo que no dormía tan bien. Me encantó sentir cómo me abrazabas… como siempre duermo solita…</p>
<p>A mí me encantaría dormir cada noche contigo. Yo también duermo cada día solo allí, ¿sabes? ¿Has tenido calor esta noche?. Noté que tu cuerpo ardía, nena…</p>
<p>Sentía cómo mi hermano me desnudaba con la mirada, cómo me besaba y tocaba.</p>
<p>Sí, tuve mucho calor.</p>
<p>Yo también. Creo que fue por culpa tuya, hermanita…</p>
<p>Sin querer mi lengua recorrió mi labio superior para humedecerlo.</p>
<p>¿Qué te pasa Miriam? ¿Tienes sed?</p>
<p>Sí. Es este calor que no me deja ni vivir.</p>
<p>Iré a traerte agua. Siéntate, ahora vengo.</p>
<p>Me senté al borde de la cama. Aprovechando que él no estaba allí, cogí una camiseta suya de manga corta que estaba tendida en el suelo y la olí. Cerré los ojos para recordar mejor su olor. Olía a su colonia, masculina pero juvenil. Además, su camiseta emanaba un aroma indiscutible a hombre que me excitaba muchísimo. Me sentí envuelta en ese olor y por unos segundos me quedé con los ojos cerrados y la nariz extasiada por el dulce aroma de mi hermano.</p>
<p>Toma, te traigo la botella pa que bebas lo que quieras.</p>
<p>Gracias, tengo muchísima sed.</p>
<p>Sus ojos estaban puestos en mi cara y en mi pecho y, con el calentón que llevaba yo encima, decidí hacer algo arriesgado pero que quizá me llevaría a conseguir lo que tanto deseaba: follarme a mi hermano.</p>
<p>Empecé a beber a morro de la botella pero dejando que el agua se derramase por mi boca y por mi cuello hasta caer sobre el vestido. Abrí los ojos mirándole con cara de deseo, pasando la lengua por encima de mis labios para volverle loco. Roberto me miraba en silencio; parecía gustarle mucho lo que veía así que continué.</p>
<p>Cogí la botella y vacié el contenido sobre mí mojándome el pelo, la cara, el pecho, mi cuerpo… toda yo quedé mojada. Agité mi cabeza para que el pelo se desordenase y me hiciera parecer más guarra. Con la mirada le dije a mi hermano que se acercase y me hiciese mujer ahí mismo. Lo necesitaba.</p>
<p>Al fin pareció entender mis intenciones, pegándose a mí y dejándome entre su pecho y la pared. Me besó apasionadamente, como si fuera lo último que hiciese. Entrelazamos nuestras lenguas en un largo y dulce beso que nunca olvidaré. El primer beso de mi hermano.</p>
<p>Con sus manos recorría mi cuerpo sobre el empapado vestido. Tocó mi cintura, mis caderas, mi culo, mi espalda, mis muslos y yo entrelacé mis brazos alrededor de su cuello para sentirle más pegado aún. Tan pegados estábamos que a veces me faltaba el aire pero en ese momento ya no podíamos parar.</p>
<p>No sé si esto está bien, lo que sé es que hace tiempo que me pones loco niña.</p>
<p>Si supieras la de noches que he pasado soñando con este momento… Me pones muy cachonda, Roberto -le susurré al oído y, acto seguido, continué besándole el cuello y las orejas.</p>
<p>Pasé mi lengua desde el final de su cuello hasta el hueco de detrás de la oreja y también lamí su lóbulo. Oí su respiración rápida, lo que me indicaba que se estaba poniendo de lo más duro. Olí su cuello y su pelo, suspirando excitada en su oído.</p>
<p>Su polla parecía que iba a salirse del bóxer de un momento a otro, la sentía durísima contra mi pubis. Me cogió bruscamente del brazo y me tiró sobre su cama. Luego él se puso sobre mí y destapó mis pechos. Al verlos emitió un largo y sonoro suspiro de satisfacción. Lamió y succionó mis pezones haciendo que éstos se pusieran erectos. Los mordió y yo me retorcí de placer. Luego lamió lentamente mis pechos y mi cuello, lo que me puso a tope.</p>
<p>¿Te gusta Miriam? ¿Se está poniendo cachonda mi hermanita?</p>
<p>¡Ummhhh sí mucho, Roberto! ¡No pares!</p>
<p>Que sepas que esto es culpa tuya, porque eres una guarra y esto era lo que querías ¿a que sí guarra?</p>
<p>Sentí como un orgasmo cuando me dijo guarra. Me excitó muchísimo que me lo dijese y yo solo pude emitir un gemido de placer.</p>
<p>¡Mmmmmhhh sí eso es!</p>
<p>¡Si es que eres una puta zorra! ¡Cochina!</p>
<p>¡Síííííííí!</p>
<p>Anda ven aquí, vas a comerte mi polla ¡putilla!</p>
<p>Me obligó a ponerme de rodillas en el suelo y agarró mi pelo para acercar mi cara de niña a su enorme y dura polla.</p>
<p>No, no quiero Roberto.</p>
<p>¿Cómo que no quieres hermanita después de tanto excitarme? ¡Tú vas a hacer lo que yo te diga! ¿O es que tengo que pegarte un guantazo pa que me hagas caso? ¿Es eso lo que quieres? ¿Dime guarra?</p>
<p>¡No quiero hacerlo! -me moría de ganas pero quería ganarme ese guantazo con el que me había amenazado si no lo hacía.</p>
<p>Madre mía qué zorra estás hecha, ¿primero me calientas y ahora no quieres comerte la polla de tu hermano? ¡Toma guarra, te lo mereces por puta!</p>
<p>Me pegó un bofetón en la mejilla que me dejó la cara roja. Le miré con los ojos húmedos y con cara de sumisa desde el suelo. Estaba disfrutando del momento como una perra. Me encantó que mi hermano fuera tan vicioso como yo; todo aquello no íbamos a olvidarlo nunca.</p>
<p>Destapé el enorme miembro de mi hermano el cual apuntaba violentamente a mi cara. Roberto me agarró del pelo y me metió su polla en la boca de un solo golpe. No me cabía de lo grande que era. A mí se me saltaban las lágrimas por ello y miraba suplicante a mi hermano con cara de no poder más. Pero él solo acariciaba mis cabellos y suspiraba de placer mirándome. La imagen de Roberto me encantaba viéndole disfrutando de lo que le hacía.</p>
<p>Ya llevaba rato chupándole la polla a mi hermano, mi boca se había acostumbrado y ahora me encantaba tener esa gran cosa entre mis labios. La mamada le estaba encantando a Roberto; suspiraba y me miraba desde arriba mordiéndose los labios. Desde el suelo tenía una perspectiva de mi hermano que me encantó. Me gustó sentirme inferior a él, yo ahí en el suelo mamándole su dura polla y él de pie, jadeando y gozando de los placeres que su hermanita le daba.</p>
<p>Se la mamaba hasta el fondo de mi garganta dándome incluso arcadas, pero él no me dejaba recuperar el aire por mucho tiempo. Su polla era una alegría para la vista, chorreante de mis babas, reluciente y durísima… ¡Dios, cómo me gustaba su largo instrumento!. Me estaba excitando mucho. Me pellizcó los pezones y noté como mi entrepierna se iba mojando. Mi boca la tenía llena de su polla y ahora, debido a lo que me hacía mi hermano, no podía más que gemir débilmente. Me encanta que me pellizquen los pezones, no me importa si me hacen algo de daño. Así se la estuve chupando un buen rato.</p>
<p>Ven aquí guarra, te voy a follar como no te han follado nunca.</p>
<p>¡No, que vas a hacerme daño con esa cosa tan gorda!</p>
<p>¡A callar, aquí mando yo nena! ¿Te queda claro?</p>
<p>Sí, claro que sí.</p>
<p>Así me gusta, que seas una perrita obediente.</p>
<p>Me encanta ser una perra para ti, Roberto.</p>
<p>Pues claro que te encanta, porque eres una puta guarra y lo sabes… ¡puta!</p>
<p>Mmmmm sííí…</p>
<p>Se colocó sobre mí. Sus brazos eran como dos columnas entre las que estaba presa. Me agarré a ellos con fuerza, tenía que estar preparada para cuando me penetrase con aquel rígido pedazo de carne.</p>
<p>¿Estás preparada guarra? Te voy a meter una follada que no olvidarás en tu vida, ¡calienta pollas de mierda! ¡Te vas a enterar de lo que es un hombre, puta!</p>
<p>Oh sí, me encanta que me insultes. Cada vez que me dices guarra me entra un cosquilleo por el coño que me deja muerta…</p>
<p>Sí ya sabía yo que eras guarrísima. Qué cerda que eres Miriam, me encanta que seas tan viciosa como yo.</p>
<p>Me metió dos dedos en la boca para que se los chupara. Nos mirábamos con cara de no tener suficiente, de querer más y más, de cachondos perdidos. Metió esos dedos en mi coñito que ya estaba muy mojado, chorreando jugos por el interior de mis muslos. Los metió de golpe y muy fuerte lo que me provocó un placer inmenso y un gemido de placer que solo hizo que ponerle más cachondo.</p>
<p>¿Te gusta guarrilla?</p>
<p>Me encanta, no pares.</p>
<p>Que ruido que hace tu coño, me pone a mil ¡perra!</p>
<p>¡Más rápido, más rápido, muévelos más fuerte! ¡Más fuerte! ¡Sííí! Mmmmm ¡me encanta! ¡Vas a hacer que me corra! Sííí…</p>
<p>Pues claro, claro que te voy a hacer correr niña. Llevo rato deseando que lo hagas. ¡Te vas a correr en mi mano zorra!</p>
<p>Metía los dedos tan fuerte y rápido que creía que iba a destrozarme el chochito. Éste lucía depilado totalmente, sólo con una pequeña raya de pelo en el medio. Es muy suave y tierno.</p>
<p>¡Aaahh síííí me corrooo!</p>
<p>¡Venga guarra córrete, que te están dando espasmos puta!</p>
<p>¡Sííííí aaaaahh! Mmmmmm, qué bueno es esto hermanito –solté un chorro de corrida que le dejó la mano y el brazo mojados.</p>
<p>E incluso el suelo se mojó. Parecía que me estaba meando de tanto gusto como sentía. Chorros de corrida acompañados de espasmos y gemidos. Tengo que decir que yo cuando me corro soy muy exagerada. Es algo con lo que siempre he tenido problemas, porque me da corte soltar semejante corrida, mientras me follan o me meten dedos, sin saber antes si le va a gustar a mi compañero. Y por eso suelo contenerme la corrida. Aunque esta vez no me corté un pelo, simplemente porque no pude contener el placer y las ganas de correrme. Además a él le encantó. Sentí que el tiempo se paraba, tuve unos espasmos tremendos y una electricidad en el coño inexplicable. El mejor orgasmo de mi vida. Me corrí seis veces, mi tipo de corrida es así, a trozos, pero cada vez es más placentera que la anterior. Es tremendo y agotador. Roberto me miró fijamente.</p>
<p>Qué bicho eres Miriam, me has puesto perdido con tu corrida… me encanta. Y ahora, ¿sabes qué voy a hacer puta?</p>
<p>Dime –la voz me temblaba, estaba aún recuperándome de mi orgasmo. Me dejó destrozada pero no iba a acabar ahí.</p>
<p>Voy a follarte toda, niña mala. Te voy a hacer daño porque te lo mereces ¡por puta! –un escalofrío recorrió mi vagina al oír eso.</p>
<p>Volvió a colocarse sobre mí, dominándome, haciéndome suya, recogida entre esos brazos tan masculinos y fuertes. Pasó su capullo por toda mi rajita chorreante y eso me volvió loca. Le agarré de la nuca y le acerqué a mí para darle un largo beso. Entonces él me penetró tan fuerte que pensé que lo que estaba sintiendo no podía ser verdad. Nunca había experimentado tanto placer por una embestida, nunca. Su gruesa polla empezó a moverse rápido y cada vez se hundía más dentro de mí. Sus huevos rebotaban bruscamente contra mi culo. Ya su polla estaba totalmente encajada. Me sentí llena y satisfecha. Llena de su gorda polla. Me sentía la más guarra por follarme a Roberto. ¿Cómo podía mi hermano darme tanto placer? Cada embestida era más fuerte y violenta que la anterior, la cama crujía y nosotros nos fundíamos de placer entre besos, caricias y susurros locos.</p>
<p>¡Me encanta tu coño pequeña! Está muy apretadito y mojado. Me pasaría días follándote niña, dándote todo el placer del mundo, oyéndote gemir como a una verdadera puta. Me pones a mil Miriam…</p>
<p>¡Aaaaahhhh! ¡Sííííí, no pareeeesss ahhhh más, más, más fuerteeee! –no podía controlar mis gemidos, la habitación se llenó de mis gritos, jadeos y gemidos, quería disfrutar al máximo del momento, sin importar nada ni nadie. Solo nosotros sudando y follando sin parar. El placer que yo sentía era enorme, el mayor placer que he podido tener. Roberto también gemía.</p>
<p>Venga guarra, me voy a correr, me voy a correr dentro de ti. Mmmm niña me encanta follarte, eres la mayor perra que he conocido.</p>
<p>Y que conocerás. No hay nadie más zorra que yo. Mmmmm.</p>
<p>Tienes razón, ¡eres la más puta de todas!</p>
<p>Entonces él se incorporó y sin dejar de follarme me cogió el pie derecho y ladeó su cara hacia el mismo. Cerró los ojos y lo olisqueó. Parecía que le gustaba mucho pues su cara era de placer absoluto. Recorrió la planta de mi pie con su lengua y al llegar a los deditos, me los chupó y saboreó uno a uno.</p>
<p>¡Qué pie más rico nena! Mmmm.</p>
<p>Mmmmmm, ¿te gustan mis pies?</p>
<p>Me vuelven loco, están riquísimos.</p>
<p>Volvió a colocarse más sobre mí y me besó con la lengua, mordiéndome los labios mientras seguía embistiéndome con violencia. Parecía loco, era una máquina del sexo. Colocó mis piernas sobre sus hombros, dejándome en el borde de la cama y él se puso de pie para penetrarme con más fuerza que antes.</p>
<p>Oh dios, vas a hacer que me corra otra vez, ¡sigue, no pares!</p>
<p>No puta, ahora nos vamos a correr juntos. ¡Me voy a correr dentro de ti! ¡Síííí! ¡Hmmmm!</p>
<p>¡Nooo! ¿Te has vuelto loco? ¿Es que quieres dejarme preñada?</p>
<p>Entonces me correré en tu culo, me pone a mil tu culo respingón.</p>
<p>¡No, el culo no!</p>
<p>¿Cómo que el culo no? Ese culillo va a ser mío, voy a follármelo y verás que daño te voy a hacer. Eso sí que va a dolerte ¡guarra!</p>
<p>Me pegó un bofetón en la cara y eso y su voz grave diciéndome aquello hicieron que me corriese de nuevo. Ahora los movimientos del rabo de mi hermano eran más rápidos y fluidos, mi coño estaba ahora más mojado que nunca y su gran polla entraba y salía con más facilidad, era brutal. Mis pezones se endurecían con el contacto del pecho de mi hermano. Me estaba dejando hecha polvo, era lo que tanto quería. Estaba hecha una auténtica puerca.</p>
<p>De pronto sentí que el mástil de mi hermano salía de mí. Me levantó de un estirón de la cama y me empujó contra la pared, quedando yo de espaldas a él. Justo después vino Roberto y se pegó a mi espalda. Me abrazó con ansia, rodeando con sus poderosos brazos mi cintura mientras besaba mi nuca, mi cuello, mis orejas, mis hombros y rozaba su erecta cosa contra la raja de mi culo. Me gustaba mucho tenerlo tan pegado a mí. Con las manos acarició mis pechos apretándolos con fuerza. Entonces me susurró:</p>
<p>¿Alguna vez te han follado el culo ese de guarra que tienes?</p>
<p>No, nunca.</p>
<p>Pues hoy va a ser tu primera vez nena…ya verás cómo te gusta.</p>
<p>Pero…</p>
<p>Nada de pero… te voy a abrir el culo ¡guarra!</p>
<p>Metió dos de sus dedos en mi boca para que no pudiese hablar. Yo solo se los chupaba como si fuera la cosa más rica del mundo. Es muy excitante chupar dedos. Y más lo era para mí chupar los de Roberto. Se quedaba empanado mirando como le chupaba los dedos, al parecer a él también le gustaba mucho. Cuando se dio cuenta, me los sacó y se humedeció con ellos el glande y la polla.</p>
<p>Empezó a rozar muy suavemente su capullo hinchado y rosado por el agujero de mi culo. Yo estaba algo asustada, pero si era lo que mi hermano quería estaba dispuesta a hacerlo aunque me doliese mucho. Roberto suspiraba de placer, a mí se me ponía la piel de gallina cuando hacía eso. Introdujo la punta en mi culo, me hacía daño pero yo aguantaba. Lo hizo lentamente y moviéndose con cuidado para que no sufriese tanto al principio. Una de sus manos se apoyaba en la pared a la altura de mi cabeza y su otra mano quedaba posada en mis nalgas y también acariciaba mi cuerpo, mis pechos, mis muslos mientras echaba su aliento en mi nuca. Poco a poco mi culo iba abriéndose y la polla de mi hermano resbalaba dentro de mí cada vez mejor. Me dolía pero tampoco era para tanto. Pero entonces sentí muchísimo dolor.</p>
<p>Ahora te vas a enterar de lo que es una buena tranca, guarra.</p>
<p>De una sola embestida metió todo su miembro en mi culo clavándomelo hasta los huevos. Yo me retorcí de dolor, sentí que esa polla iba a partirme en dos, tan grande y tan gorda… Se movía muy rápido, su vientre chocaba fuertemente contra mi culo y cada vez la sentía más. Tanto me dolía que me puse a llorar y a suplicarle:</p>
<p>¡Aaahhh nooo para me dueleee! ¡Me duele muchoo!</p>
<p>Cariño, ahora no puedo parar, me tienes loco. La verdad es que tampoco me importa mucho si te hago daño ¿sabes? No me vengas ahora con lloriqueos puta, no me das pena. Hace tiempo que vienes provocándome con esos shorts tan cortos pegaos al culo y esos vestidos que casi no te tapan. Y esas camisetas sin sujetador marcando pezones, esos roces, esas miradas… solo pa provocarme y ponerme enfermo ¿no?. Pues ahora, atente a las consecuencias por ser tan putona. Así que ¡jódete puta!</p>
<p>¡Aahhh duelee! Noo…</p>
<p>Si te acabará gustando y acabarás pidiéndome más…Además lo malo ya ha pasado, ya la tienes toda dentro de ti nena… mi rabo todo entero dentro de tu culo de guarra. No protestes más que no te va a servir de nada.</p>
<p>Pero duele mucho, Roberto…por favor para.</p>
<p>Pero bueno ¿tú quién te crees que eres? Te vas a ganar un guantazo zorra.</p>
<p>¡Oh sí, pégame!</p>
<p>¿Eso quieres? ¿Quieres que te pegue en la cara de niñata que tienes?</p>
<p>¡Sí, quiero que me pegues y me dejes la cara roja! ¡Quiero que me hagas daño! Me pone muchísimo.</p>
<p>Pedazo de puta que tengo por hermana. Eres guarrísima ¿lo sabías? –y haciéndome volver la cara hacia él me pegó un buen cachete. ¡Te voy a partir la cara perra!</p>
<p>Mmmmm… -recibí mi castigo entre gritos y suspiros mitad de placer, mitad de dolor.</p>
<p>Puede que no sea muy corriente en chicas de mi edad pero me excita mucho que me humillen, me peguen, me insulten, me fuercen, me ordenen, me obliguen… Me hace sentir como un objeto sexual. Pedazo polvo me estaba metiendo mi hermano. Ojalá no acabase nunca todo aquel placer.</p>
<p>Disfruta de mi polla en tu culo guarra… ¡Qué apretadito lo tienes, me encanta Miriam!</p>
<p>Aahh sí más rápido, quiero más, venga fóllame más fuerte ¡joder!- lo cierto es que mi culo ya se había abierto lo suficiente y ahora la tremenda barra de mi hermano entraba y salía mejor que nunca otorgándonos un placer que parecía infinito.</p>
<p>Roberto pegaba cachetes en mi culo, lo que también me hacía gemir. El dolor había desaparecido y ahora disfrutaba como una perra de esa incansable y deliciosa polla.</p>
<p>¡Voy a correrme! ¡Aaaaahh! -gemía mi hermano. ¡Qué rico! Mmmmm…Quiero correrme en la cara de puta que tienes.</p>
<p>Mmmm sííí córrete en mi cara, dame toda tu leche calentita y dulce… córrete, córrete, ¡vamos! ¡dámelo todo!</p>
<p>Toma niña, aquí tienes el premio por ser tan guarra, te lo mereces por puta. Eres la más guarra de todas, me encanta.</p>
<p>Mmmmm soy tu guarra particular hermanito. Nunca conocerás a otra tan guarra como yo. Venga dame toda tu leche, quiero que me pongas perdida con tu corrida mmmm…-le miraba desde el suelo con cara de cachonda, humedeciendo mis labios con la lengua, respirando excitada, hablándole despacio y en voz baja para excitarle más y por fin conseguir su dulce leche. La necesitaba.</p>
<p>De pronto borbotones de rica corrida salieron de su rosado e hinchado capullo, preciosa imagen que siempre guardaré en mi retina. Su semen quedó repartido entre mis labios, mi barbilla, mis mejillas y mi pelo. También cayó sobre mi cuello y pechos. Con la lengua me comí los restos de leche que se habían posado sobre mis labios y lo demás con los dedos lo recogí y me lo metí lentamente en la boca, chupando mis dedos y mirando mientras a mi hermano con cara de satisfacción. Quería conseguir otra de sus erecciones que tanto me gustaban. Su leche sabía a gloria, era muy rica y me apetecía más.</p>
<p>¡Aaaaahhh! Mmmm nena qué bueno, me encanta lo guarra que eres.</p>
<p>Qué leche más rica que tienes hermanito.</p>
<p>Nunca me había corrido tan a gusto, me has dejao seco.</p>
<p>Jaja…eres una máquina, nunca había sentido tanto placer- sonrisa pícara y ojitos para no perder la magia del momento.</p>
<p>Pff si es que me pones cachondísimo niña. Anda ven, vamos a ducharnos.</p>
<p>Me besó en los labios dejándome un dulce sabor y me cogió de la mano llevándome al baño. Roberto iba delante de mí como guiándome hacia el cuarto de baño, como si yo no lo conociera. Le gusta llevar las riendas, ser él quien se encarga de las cosas. Me encantan los hombres que saben lo que hacen, seguros de sí mismos y sin miedos.</p>
<p>Abrió la puerta y me metió. Me apoyó en el poyete del lavamanos y me besó tiernamente mientras tocaba mis pequeños y duros pechos. Su polla rozaba nuevamente contra mi chochito. Besó y lamió mi cuello haciéndome cerrar los ojos para disfrutar aún más de sus besos y caricias. Siempre me han atraído mucho las manos de los hombres, manos grandes, de largos dedos, algo velludas y fuertes que puedan dar buenos cachetes y bofetones y llegar a lo más profundo de mí con los dedos. Como decía, mi hermano no dejaba que se me bajase el calentón y es que al parecer él también quería más.</p>
<p>Ven, voy a limpiarte ese chocho.</p>
<p>Su voz grave y masculina hizo que un calambrazo recorriera mi coño, me relamí de gusto al imaginar las cosas que sucederían a continuación en la bañera. Nos metimos en la bañera y mojamos nuestros cuerpos con rica agua fresca, el calor era insoportable.</p>
<p>Siéntate ahí y abre esas piernas puta, ¡vamos!</p>
<p>Otra vez esa corriente dentro de mí me hizo obedecer sus órdenes de inmediato. Cogió el bote de gel y se echó en las manos. Me miraba sin decir nada. Yo sentada en el poyete de mármol de la bañera también le miraba con deseo, estaba muy excitada, no sabía qué cosas le pasaban por la cabeza en ese momento. ¿Qué se proponía?</p>
<p>Con sus manos llenas de jabón acarició mi hinchado chochito y lo lavó con cuidado. No me esperaba eso pero me gustó sentir cómo lavaba mi cosita. Esas grandes y morenas manos lavando mi coñito de mil jugos. Mientras lo hacía besaba mi cuello y me dijo:</p>
<p>Bueno peque, ya estás limpita.</p>
<p>Gracias  hermanito. –le sonreí amplia y felizmente.</p>
<p>Entonces Roberto bajó hasta mi entrepierna y le dio un dulce y delicado besito, que continuó con otros besos más por mi bien cuidado coño. Me estaba volviendo a excitar. Mi hermano tenía una boca que valía oro. Recorrió mi rajita con su húmeda lengua haciéndome estremecer de gusto, lo hizo varias veces y luego jugó con su lengua en mi clítoris. Soy muy sensible a él y la mayoría de veces me da por reír cuando me lo tocan o me lo comen, es una parte muy sensible de mí pero esa vez estaba tan excitada que ni me di cuenta, solo sabía que estaba disfrutando como una auténtica perra de la comida de coño que Roberto me hacía con pasión y amor.</p>
<p>Era riquísimo lo que me hacía, pero ahora necesitaba sentir sus dedos moviéndose frenéticamente dentro de mí. Ya no aguantaba más. De repente Roberto introdujo dos de sus largos dedos en mi coño. Estallé en un largo gemido. Movía sus dedos muy rápido y los metía hasta el fondo. Entonces cuando los tenía dentro hacía un movimiento mágico que hacía que mi joven coño rezumase calor y jugos. Y justo cuando iba a correrme, me levantó de allí y se sentó él.</p>
<p>Siéntate aquí ¡vamos!</p>
<p>Estaba a punto de correrme…</p>
<p>Pues te jodes zorra, te vas a correr con mi polla dentro. Ya verás qué bueno.</p>
<p>Me senté encima de él clavándome su gruesa tranca en mi coño blandito y rosado. Los 19 centímetros de la polla de mi hermano entraron lentamente en mí. Suspirábamos excitadísimos por el placer del momento. Yo gemía como un indefenso conejito en peligro.</p>
<p>Ah, ah, ah, ah sí, síííí, síííí…</p>
<p>Me encanta tu apretado coño nena…Prepárate que voy a follarte como nunca.</p>
<p>Me agarré a su cuello y apoyé la cabeza en su hombro, pegando mi cuerpo al suyo. Roberto me follaba fuerte y despiadadamente, lo más rápido que su cuerpo le permitía. Y yo apoyada en él estaba como muerta, como en otro mundo en el que solo existíamos los dos extasiados por el placer, un mundo del que no queríamos salir, en el que me pasaría los días enteros.</p>
<p>Con cada brusca embestida de Roberto su miembro tocaba mi punto G. Sentía como si el máximo placer que una persona pueda tener lo estuviera teniendo yo con mi hermano, ahí en la bañera, mojados por el agua y el sudor. Después de largo rato de follar, Roberto estalló en un gemido que me recorrió todo el cuerpo como una electricidad.</p>
<p>Aaaahhhh ¡me corro!</p>
<p>Córrete vamos, dentro de mí ¡sí! Quiero sentir toda tu leche empapando mi chochito por dentro. Vamos córrete dentro de mí hermanito… -le susurré en su oreja.</p>
<p>Sentí cómo su semen penetraba en mí, cómo la leche salía de su polla y resbalaba por las paredes de mi vagina y luego cómo lentamente iban cayendo todos sus jugos por mi coño.</p>
<p>Nos quedamos abrazados unos pocos minutos. Nuestros jóvenes y calientes cuerpos estaban unidos aún, descansando uno sobre el otro. Me incorporé y besé sus labios tiernamente. Él acariciaba mi espalda y mis nalgas con sus manos.</p>
<p>Por fin te he hecho mía –me susurró besándome el cuello.</p>
<p>La verdad, no me sentía mal después de aquel acto incestuoso con mi hermano mayor. Tampoco él. Nos duchamos juntos y luego nos vestimos con ropa ligera y escasa. El calor era insoportable. Pasamos el día juntos en casa, charlando, riendo, jugando. Hacía tiempo que no lo pasábamos tan bien.</p>
<p>¡Ya estamos en casa! -papá y mamá llegaron a casa con una sonrisa y un bronceado que saltaba a la vista. Pero seguro que no lo habían pasado tan bien como Roberto y yo.</p>
<p>Por la tarde mi hermano salió un rato con sus amigos.</p>
<p>Llegaré para cenar -dijo.</p>
<p>Ya por la noche cenamos en familia. Era domingo y mi hermano se iría después de la cena, de vuelta al cuartel. Eso me entristecía bastante pero me consolaba saber que volvería a verlo el siguiente viernes por la tarde.</p>
<p>Mientras estábamos los cuatro cenando en el comedor y viendo la televisión, me asusté al sentir algo tocando mi cosita por debajo de la mesa. Mantuve la compostura y miré intrigada a mi hermano que me observaba intentando que nuestros padres no se diesen cuenta de nada de aquello. Tenía arte hasta en los pies para dar placer. Con uno de sus pies tocaba mi ya húmedo tanga y yo como buena perra me abría más aún de piernas para que él disimuladamente continuase. No era algo normal pero hacíamos lo que nos gustaba, ¿qué hay de malo en ello? Tuve que contenerme porque en mitad de la cena casi se me escaparon unos cuantos gemidos. Cómo disfrutaba Roberto viéndome sufrir… Al terminar la cena y tras recoger sus cosas se despidió de todos. Yo fui la última.</p>
<p>Prepárate para el viernes, quiero que mi hermanita esté bien guapa para mí.</p>
<p>Haré todo lo que me digas, ahora soy tu putita y te obedeceré en todo lo que mandes.</p>
<p>Así me gusta, que seas buena niña. Esto solo es el principio, si lo de hoy te ha gustado el finde que viene te dejaré con el coño hinchado y rojo. Te va a encantar. Vas a gemir tanto que te vas a quedar sin habla guarra…</p>
<p>No me digas eso que solo de oírlo e imaginarlo me estoy poniendo cachonda. Y esta noche no tengo a nadie para que me complazca como tú lo haces. Tendré que consolarme yo solita…</p>
<p>Mira a ver que hay debajo de tu almohada. Hasta pronto nena -me dio un beso en la mejilla y me guiñó el ojo dejándome intrigada tras sus últimas palabras.</p>
<p>Se fue en dirección a su coche fumándose un piti. Decidido, seguro de sí mismo, sin miedos, haciéndose el dueño de la calle. Entró en el coche, arrancó, me dedicó una sonrisa pícara y se fue. Conducía rápido, a veces demasiado. Le perdí de vista y pensé en lo que me dijo al marcharse. Les di las buenas noches a mis padres, como una niña buena. Me lavé los dientes y la cara y me solté el pelo. Me puse el corto camisón azul con el que había dormido la noche anterior. Aún olía a mi hermano. Corrí a mi cuarto y miré debajo de la almohada. Encontré un paquete envuelto en papel de regalo. Lo abrí con cuidado y cayó una nota:</p>
<p>“Esto es para ti, para que lo disfrutes mucho pensando en lo de hoy. Yo nunca lo olvidaré, sé que tú tampoco. Con cariño de tu hermano.”</p>
<p>Encontré una caja con un vibrador enorme de color rosa y muy semejante a una polla de verdad. Me hizo muchísima ilusión. Nunca había tenido ninguno. Estaba clarísimo que le iba a dar un buen uso. Una sonrisa se dibujó en mi cara al encontrar otra nota detrás de la caja que decía:</p>
<p>“¿Te ha gustado, verdad cochina? Pues ahora ve a tu armario y busca entre los cajones. Hay otra cosita para ti.”</p>
<p>Me faltó tiempo para correr a mi armario y buscar como una loca el otro regalito. Lo desenvolví y pude ver que era un camisón muy sexy de lencería con transparencias. Venía con sujetador y tanga. Era de color rosa palo y tenía algún brillantito. También traía una gargantilla de bisutería muy sexy. Un conjunto precioso. Me gustaba mucho como me quedaba. La última nota decía:</p>
<p>“Ya te imagino con él puesto y me pongo malo. Estarás preciosa. Duerme con él hoy, que sé que te hace ilusión. Pero mañana guárdalo y no te lo pongas hasta el viernes por la noche. No lo laves, quiero que coja tu olor, que el tanga huela a tu coño. Vendrás a mi habitación cuando papá y mamá se hayan ido a cenar y te lo estrenaré. Buenas noches princesa.”</p>
<p>Más feliz que todo, guardé las cosas para no dejar rastro si alguien entraba y me lo pillaba todo. Me metí en la cama con mi conjunto nuevo y mi vibrador rosa a juego. No tardé en estrenarlo, era un juguete increíble. Después de una gran corrida y ya totalmente desnuda entre las blancas sábanas de mi cama, pensaba sobre todo aquello. Ahora lo único que deseaba era que fuera viernes para ver a Roberto. Él también lo deseaba. Con una sonrisa en mi cara de niña buena me dormí plácidamente.</p>
<p>Ese fue el principio de mi ardiente y secreta relación con mi hermano Roberto. Tan solo el principio…</p>
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		<title>Venganza</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Mar 2012 09:44:07 +0000</pubDate>
		<dc:creator>admin</dc:creator>
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		<description><![CDATA[Por venganza se las dí a mi suegro. Llevaba ya algunos meses siéndole infiel a mi esposo con sus amigos del trabajo, en venganza de que él me puso los cuernos, pero al confirmar que también me los puso con mi hermana, sentí que no era suficiente cogerme a sus amigos, así que pensé en [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p>Por venganza se las dí a mi suegro.</p>
<p>Llevaba ya algunos meses siéndole infiel a mi esposo con sus amigos del trabajo, en venganza de que él me puso los cuernos, pero al confirmar que también me los puso con mi hermana, sentí que no era suficiente cogerme a sus amigos, así que pensé en dárselas a mi suegro y a mi cuñado; ambos siempre se me habían antojado. Mi suegro tiene fama de mujeriego –por algo ha de ser- y mi cuñado simplemente está bien bueno…me encantan sus nalgas y se le ve muy buen paquete.</p>
<p>Lo que no sabía era cómo hacerle para que mi suegro me encamara; siempre me ha coqueteado, pero me daba la impresión de que sólo era eso y que no se atrevería a ir más allá. Ya saben, me besaba cerca de la boca, me abrazaba abajito de la cintura –entre culo y cintura- me acariciaba las piernas a la menor posibilidad; incluso alguna ocasión jugando en la alberca de su casa me dio un buen arrimón en mi colita. Pero cuando estábamos solos nunca iba más allá.</p>
<p>Una ocasión Miguel –mi esposo en aquél entonces- viajó unos días por cuestiones de trabajo; la soledad ofrecía muchas posibilidades para cornearlo y una de ellas fue con mi suegro. Para que yo no tuviera problema, la encamada debía ser idea de él y no mía. Recordé que los jueves mi suegro –Don Rafael- iba con sus amigos a jugar dominó o póker y acostumbra tomar bastante en esas juergas. Debía lograr que estuviéramos solos en casa ya tarde para que estando él borracho poder calentarlo y no pudiese contener sus deseos, su calentura. Me arreglé para salir a un antro con algunos amigos y amigas; una minifalda tableada tipos escocesa –como de colegiala- un top blanco con tirantitos y un juego de ropa interior blanca: pequeña panty que apenas me cubría la conchita y media nalga, y un brassiere de media copa.</p>
<p>En el antro estuve coqueteando con algunos de mis amigos, siempre me gusta hacerlo pero esta vez además me ayudaría para irme poniendo a tono. Me dejaba dar arrimones y toquetear un poco mientras bailábamos, pero cuando estaba sentada todo tranquilo&#8230;a excepción de un momento poco antes de hablarle a mi suegro, en que un amigo de un amigo empezó a acariciarme las piernas por debajo de la mesa con la punta de sus dedos; subía por el muslo hasta donde empezaba la minifalda y volvía a bajar. Eso empezó a calentarme, después volvía a hacerlo pero ahora subía un poco la mini hasta casi llegar a mi panty por el costado. Yo mientras seguía bebiendo y mojándome la entrepierna&#8230;me estaba poniendo cachondísima. Como a las 2:30 fui a llamarle a mi suegrito. Enseguida me di cuenta que estaba algo pasado de copas porque me decía &#8220;guapa&#8221;, &#8220;preciosa&#8221;, &#8220;mami&#8221;, &#8220;reinita&#8221;, y sólo me dice así cuando está tomado y empieza a coquetearme. Le dije que me había ido a un antro con unas amigas, pero que con la que me había ido ya no la encontraba, así que le pregunté si podía recogerme. &#8220;Yo te recojo, mami&#8221;, me dijo, &#8220;dame una media hora y voy a recogerte&#8221;. Seguía insinuándose mi suegrito.</p>
<p>Volví a la mesa, seguí tomando otro poco para &#8220;justificar&#8221; mi calentura y animar a mi suegrito, y Luis -el amigo que me estaba metiendo mano- volvió a las andadas, pero ahora fue más allá. Me acariciaba el muslo con la punta de sus dedos y fue acercándose a mi panty por el costado, pero ahora al llegar a la panty se dirigió por el borde de ella hasta mi conchita&#8230;los roces me tenían ardiendo y ya estaba deseando no haberle llamado a mi suegro y llevarme a casa a Luis para que me diera una buena cogida. Me rozaba la conchita por encima de la panty&#8230;&#8221;Estás empapada&#8230;&#8221;, me susurró&#8230;&#8221;Cabrón&#8221;, pensé. Mi suegro todavía tardaría unos 30 &#8211; 40 minutos en llegar y este güey ya me tenía a mil; ¿qué sólo quería dedearme? ¡Ya cógeme, carajo!. Metió su dedo pequeño a mi panty y me acarició suavemente la conchita&#8230;<br />
<span id="more-666"></span><br />
- No seas&#8230;</p>
<p>- Qué rico te la rasuras, Tere&#8230;¿y si nos vamos a otra parte?</p>
<p>- No puedo, van a pasar por mi en un ratito.</p>
<p>- Dile a quien venga que yo te llevo.</p>
<p>- No, no puedo&#8230;es mi suegro&#8230;me dijo que él pasaba&#8230;para cuidarme&#8230;</p>
<p>- Lástima&#8230;estás bien buena y caliente. Te acompaño afuera en lo que pasan por ti, ¿te late?</p>
<p>- Ok.</p>
<p>Salimos y nos fuimos a un estacionamiento abierto que está al lado del antro, estábamos entre dos coches -uno de ellos el suyo- se puso detrás de mi, me arrimó su paquete me acarició los muslos, subió hasta mi cadera, luego subió una mano a mis tetas y la otra bajó a mi entrepierna. Acarició mi panochita sobre la panty ya empapada, y luego metió la mano para dedearme.</p>
<p>- ¡Qué rica papayita tienes!</p>
<p>- ¡Qué rico me acaricias!</p>
<p>- Te vas a venir en mis dedos, chiquita; me masturbaba delicioso.</p>
<p>- ¿Quieres que me venga en tus dedos?&#8230;ay, qué rico, síguele.</p>
<p>- Quiero dejarte picada&#8230;caliente&#8230;para que veas de lo que te pierdes&#8230;mira, siéntelo&#8230;-me agarró la mano y la puso en su paquete.</p>
<p>- Mmmmm&#8230;¡qué rico! Está grandote&#8230;</p>
<p>- Y te va a entrar todito&#8230;en la boca&#8230;en la panocha&#8230;-tallaba su paquete en mis nalgas.</p>
<p>- Métemela, Luis&#8230;métemela, ya no aguanto&#8230;</p>
<p>- No, ahorita no, si quieres que te coja dile a tu suegro que yo te llevo a tu casa.</p>
<p>- Ya te dije que no puedo&#8230;por favor, ya no aguanto&#8230;-me metió un dedo y jugueteaba en mi conchita- Ay&#8230;eres un cabrón -volvió a masturbarme.</p>
<p>- Vente, chiquita&#8230;dame tus jugos.</p>
<p>- Sí&#8230;me voy a venir, Luis&#8230;síguele&#8230;así&#8230;así&#8230;así&#8230;-en ese momento vi que llegaba el coche de mi suegro al antro, la excitación se multiplicó y me vine delicioso- aaaaaaaahhhhhhhhhhhhh&#8230;mmmmmmmmm&#8230;sí, sí, sí, sí&#8230;</p>
<p>- Ah, así, chiquita, así&#8230;vente&#8230;-metió dos dedos en mi conchita- vente en mis dedos, chiquita&#8230;-mi suegro se paraba frente al antro esperándome; sonó mi celular, seguro era él avisándome de su llegada.</p>
<p>Después de venirme le dije que ya habían llegado por mi y que debía irme. &#8220;Háblame cuando tengas ganas, chiquita&#8230;no te vas a arrepentir&#8221;, me dijo. &#8220;Ya veremos&#8221;, contesté. Me fui al coche de mi suegro fingiendo estar muy pasada de copas, no lo estaba tanto en realidad; él sí.</p>
<p>- Hola, preciosa&#8230;¿cómo estás? ¿todo bien?</p>
<p>- Ay, hola, suegrito&#8230;muchas gracias por recogerme.</p>
<p>- Cuando quieras y donde quieras, linda. Oye, no te vi salir. ¿Ya estabas afuera?</p>
<p>- Fui a buscar algo de comer para que se me baje la borrachera&#8230;jejejeje.</p>
<p>- Así que andas borrachita, eh!</p>
<p>- Un poquito&#8230;jeje. ¿Me va a regañar? Jajaja.</p>
<p>- Habrá que darle sus nalgadas por traviesa, Teresita.</p>
<p>- Bueno -me puse de lado enseñándole mi culito- pero no muy fuerte, eh, suegrito&#8230;jajaja -para mi sorpresa me dio una nalgada-&#8230;¡ay!</p>
<p>- ¡Por traviesa! jajajaja.</p>
<p>- Usted también anda medio jarra, ¿verdad?</p>
<p>- Pero yo soy hombre.</p>
<p>- ¿Y?</p>
<p>- Que de mi no se aprovechan, en cambio de usted sí, mamita. Y mire nada más cómo viene vestida&#8230;se le ve todo&#8230;y&#8230;</p>
<p>- ¿&#8221;Y&#8221;&#8230;qué? Además sólo ven.</p>
<p>- Pues eso, que se antoja algo más que ver, nuerita. Está usted muy&#8230;</p>
<p>- Muy qué?</p>
<p>- Pues muy rica, la mera verdad.</p>
<p>- Ay, muchas gracias.</p>
<p>- Suerte la de Miguelito&#8230;lo que se come.</p>
<p>- Ay, suegro&#8230;-me recosté como para dormir unos minutos en lo que llegábamos a la casa dándole la espalda y cruzando la pierna para que se levantara la mini y pudiera deleitarse (y excitarse) con mi culito asomándose por la panty. Luego de unos minutos sentí que me movían la falda para descubrirme aún más el culo.</p>
<p>- Qué buena está la chamaca. Mira nada más el calzoncito que trae. Esta lo que buscaba era calentar pingas, igual que todas las pinches viejas que están buenas&#8230;Igual y hasta le dieron caña o se la sabrosearon. No vayas a andar de güila, chamaca. Sólo con tu suegrito&#8230;yo sí me la chingaba, con el perdón de Miguelito. Está re buena su vieja -me moví sentándome de frente, haciéndome la dormida y abriendo las piernas-. No te vayas a despertar&#8230;shshshshshsh&#8230;-me alzó la mini para poder ver mi panty- qué rica cuquita debes tener, mami&#8230;-me tocó suavemente pero no tanto como él pensó y me moví un poco como si me fuera a despertar, sólo para asustarlo un poquito- ay&#8230;andas con el coñito húmedo&#8230;huele a sexo&#8230;andas calientita&#8230;y mira cómo me pusiste. Y las tetas que se te ven con esa blusita&#8230;puta madre.</p>
<p>Llegamos a la casa y mi suegro insistió en acompañarme al departamento, subió detrás de mi para ir viéndome las nalgas en todo su esplendor, hasta me levantó la mini en una ocasión para poder ver mejor; yo fingí que no me daba cuenta. Al llegar a la puerta del depa fingí no poder abrir y él tomo las llaves y abrió. &#8220;Ya ves, si no hubiera subido ¿quién te abre?&#8221;.</p>
<p>- Ay, muchas gracias suegrito&#8230;-me recargué en él como si no pudiera mantenerme en pie, él me abrazó de la cadera para detenerme. Bueno, gracias, qué lindo.</p>
<p>- Te ayudo a acostarte y ya me voy.</p>
<p>- Ay, no, cómo cree.</p>
<p>- Qué tiene? Somos familia, preciosa&#8230;mi nuera.</p>
<p>- Bueno&#8230;me quiero lavar la cara&#8230;</p>
<p>- Vamos al baño, pues -me acompañó se puso detrás de mi en el lavabo y mientras yo me lavaba él me restregaba su paquete en mis nalgas, sentía cómo se endurecía su reata en mi culo; yo dejaba que se calentara el agua un poquito, cuando estaba lista me incliné aún más, él se acercó aún más; restregaba mi culo contra su paquete simulando como si fuera el movimiento propio de enjuagarme la cara. Mi suegro no aguantó más, ya sentía palpitar su verga, y me levantó la mini descubriendo por completo mis nalgas- Qué ricas nalgas tienes, mami, y qué coqueto calzón traes.</p>
<p>- No, ¿qué hace?</p>
<p>- Dándote lo que necesitas, preciosa.</p>
<p>- Qué?? No&#8230;Don Rafael&#8230;</p>
<p>- Qué nalgotas&#8230;-me las acariciaba y seguía restregándome su paquete- moría por acariciártelas&#8230;he soñado con este momento&#8230;</p>
<p>- Tengo días sin sexo&#8230;-me acarició la conchita por entre las piernas, oí cómo e bajaba el cierre del pantalón y luego escuché cómo éste cayó al suelo; me movió la panty y me la metió de una sola estocada- aaahhhhhhh&#8230;no&#8230;suegro&#8230;</p>
<p>- AAhhh, qué buena estás, mami&#8230;-me bajó los tirantes del top y todo el top hasta la cintura- hace mucho que te deseo&#8230;y ya no pude aguantar.</p>
<p>- No&#8230;no&#8230;no, puedo&#8230;</p>
<p>- Venías bien mojada del pinche antro ese, chamaca, ¿pues qué hiciste, eh?</p>
<p>- Nada, Don Rafael.</p>
<p>- Dejaste que te metieran mano, verdad? Andabas de cabrona, chamaca?</p>
<p>- No, de veras…ay…</p>
<p>- Andabas caliente y fuiste buscando macho? Por eso traías esta ropita de güila?</p>
<p>- No…déjeme Don Rafael…por favor…ayayayyyyyy…</p>
<p>- No le vayas andar poniendo el cuerno a mi hijo, eh, pinche chamaca…si andas con ganas aquí está suegrito, pero nadie más, Teresita.</p>
<p>- No, Don Rafa-el…de verdad…aaahhhhh…mmmmmmmm-sentía delicioso cómo entraba y salía su verga de mi panochita; la tenía deliciosa y con buen ritmo.</p>
<p>- Si me entero que andas de cabrona te chingo, eh, chamaca.</p>
<p>- Sí, Don Rafael…-empecé a mover la cadera en círculos.</p>
<p>- Ah, con que te está gustando, chamaca…</p>
<p>- M-hmmm…</p>
<p>- Cómo “m-hm”? Te gusta? –no respondí y me la metió fuerte-</p>
<p>- Ah!</p>
<p>- Que si te gusta, chamaca?</p>
<p>- Ay! Sí, sí…me gusta Don Rafael.</p>
<p>- Te ves buenísima así, preciosa&#8230;puta madre, ya me voy a venir&#8230;-aceleró sus embestidas y ya casi al terminar se salió y se vino en mis nalgas; me embarró hasta la espalda y el cabello. Yo estaba aún recostada en el lavabo, cuando mi suegro dijo que no pudo resistirse por la borrachera y me advirtió que nadie debía enterarse, lo que era obvio- Pero si vuelves a extrañar la de mi hijo…ya sabes, eh; pero ninguna otra. Y no andes de güila en los antros enseñando todo.</p>
<p>Se fue dejándome no del todo satisfecha, pero había logrado mi cometido.</p>
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